Promesa traicionada del cambio
La dirección real del PRM no está en los comités municipales ni en las seccionales del exterior.
El PRM nació como grito de ruptura. Vendió cambio, ética, participación y respeto a las reglas. Con ese discurso derrotó un modelo de 16 años que confundió partido con Estado. Pero el poder transforma. Cuatro años después, la maquinaria perremeísta reproduce los vicios que juró erradicar.
Del sufragio a la participación: la representación pendiente
La diferencia es de estilo, no de fondo. Cambiaron los apellidos, pero no la lógica. Hoy el partido es administrado por burócratas que no hicieron campaña y por operadores que deciden como si el voto fuera un cheque en blanco. Las bases que cargaron banderas, que defendieron mesas y aguantaron sol, miran desde las gradas cómo otros juegan el partido.
EL PODER DE LOS NO ELECTOS
La dirección real del PRM no está en los comités municipales ni en las seccionales del exterior. Está en despachos ministeriales ocupados por funcionarios que jamás ganaron una convención. Son gerentes, consultores y «técnicos» importados que ven la política como un Excel. Desprecian la militancia porque la consideran ruido. Para ellos, el dirigente barrial es un estorbo, el presidente de comité de base es un gasto, y la convención es un riesgo. Por eso centralizan. Por eso imponen. Por eso convierten las direcciones provinciales en sellos de goma. La democracia interna murió cuando se decidió que era más eficiente no preguntar.
DEDO EN LUGAR DE VOTO
Las candidaturas ya no se ganan: se asignan. Alcaldes, diputados, senadores y regidores se definen en reuniones privadas donde pesan más los apellidos, los grupos económicos y las lealtades personales que el trabajo territorial. El método de encuestas se usa como biombo para justificar decisiones tomadas de antemano. El que proteste es «divisionista». El que exija primarias es «enemigo del proyecto». Así se construye un partido de empleados, no de militantes. Un partido donde la lealtad es con el jefe, no con el estatuto. Y un dirigente sin voto no le responde al pueblo: le responde a quien lo nombró.
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OPERADORES POLÍTICOS QUE GOBIERNAN SIN MANDATO
El otro actor es el operador político. No figura en la boleta, pero maneja presupuesto, nombra gente y traza políticas. Modifica reglamentos vía resoluciones, interpreta leyes con circulares y usa decretos para hacer lo que debería pasar por el Congreso. Se sienten iluminados. Creen que su lectura del país es superior a la del legislador que hizo campaña y a la del ciudadano que votó. Es el mismo presidencialismo de siempre, pero ahora ejecutado por subalternos con ínfulas de virrey. Ellos no dialogan: instruyen. No consensúan: ordenan. Y cuando la ley les estorba, buscan la excepción, el resquicio, la «interpretación auténtica».
LA CONSTITUCIÓN REDUCIDA A TRÁMITE
La Constitución es el contrato social. Es el límite del poder. Pero para esta nueva élite, es un obstáculo administrativo. Se fuerza cuando conviene, se ignora cuando molesta y se cita solo para discursos. Lo vimos en designaciones que violentan requisitos, en maniobras para controlar órganos independientes, en intentos de cambiar reglas electorales con el juego empezado. El mensaje es claro: las formas democráticas son para los otros. Ellos están en una «misión superior». Y esa misión justifica todo. Es la misma lógica del «Estado soy yo», pero con lenguaje de gobernanza y PowerPoint.
EL DIVORCIO CON LAS BASES
Un partido que no escucha a su base termina sin base. El dirigente que antes resolvía un problema en el barrio ahora tiene que «pedir una cita» para que lo reciba un viceministro que no lo conoce. El militante que defendió el voto en 2020 hoy ve cómo se premia al recién llegado con carnet fresco y padrino fuerte. Ese divorcio se paga en desmovilización, en apatía, en abstención. El pueblo no votó por un club de gerentes. Votó por comida en la mesa, por seguridad en el barrio, por hospitales que funcionen. Cuando la cúpula gobierna para su círculo, el país se siente huérfano y la política se vuelve un negocio entre pocos.
DE PARTIDO A FRANQUICIA
El PRM corre el riesgo de convertirse en franquicia electoral. Una marca que se alquila cada cuatro años, sin mística, sin doctrina, sin vida orgánica. Las consecuencias son tres. Primero, pérdida de identidad: nadie sabe qué defiende el PRM más allá de administrar. Segundo, fuga de talento: los cuadros con vocación se van porque no hay espacio para competir. Tercero, derrota moral: se vuelve indistinguible de lo que decía combatir. Y un partido sin diferencia, sin narrativa y sin pueblo, es un partido que solo espera su turno para caer.
LA RUTA PARA EL RESCATE
Si el PRM quiere futuro, debe volver a la política. Eso significa convenciones reales con padrón auditado y voto secreto. Significa direcciones provinciales electas, no impuestas. Significa rendición de cuentas de los funcionarios ante la base, no solo ante el presidente. Significa que ningún asesor, por brillante que sea, puede estar por encima de un dirigente electo. Y significa entender que la Constitución no es negociable. El poder es prestado y el dueño es el pueblo. Cuando un partido olvida eso, el pueblo se lo recuerda en la urna. Y ese recordatorio siempre llega.
Johnny Trinidad
Jhonny Trinidad es un destacado periodista y comunicador dominicano, radicado en Nueva York.
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