Mojtaba Jamenei asume el liderazgo en Irán tras la muerte de su padre
Un religioso discreto y cercano a la Guardia Revolucionaria
La política iraní ha dado un giro brusco tras la muerte del líder supremo Alí Jamenei en un bombardeo ocurrido el pasado 28 de abril. Entre las víctimas también se encontraban su esposa —madre de Mojtaba Jamenei— y una de sus hijas. En medio de un clima de máxima tensión regional, marcado por los ataques de Estados Unidos e Israel contra territorio iraní, el poder ha pasado a manos de su segundo hijo, Mojtaba Jamenei, un religioso que durante décadas se movió en las sombras del poder.

A sus 56 años, Mojtaba Jamenei asume la dirección de la República Islámica en un momento delicado. La campaña militar lanzada por Washington y Tel Aviv busca, según han declarado ambos gobiernos, presionar para provocar un cambio político en Teherán. En ese contexto, la designación del hijo del antiguo líder refuerza la idea de continuidad dentro del sistema que gobierna Irán desde la revolución de 1979.
Mojtaba Jamenei no es una figura conocida para el gran público. A diferencia de otros dirigentes iraníes, nunca ha participado en elecciones ni ha ocupado cargos visibles dentro del Gobierno. Sin embargo, dentro del círculo de poder de su padre su influencia llevaba años siendo comentada por diplomáticos y analistas.
Durante décadas operó desde un segundo plano, cultivando relaciones con el aparato de seguridad del país, en especial con la Guardia Revolucionaria, el cuerpo militar e ideológico más poderoso de Irán. Su cercanía con esta institución ha sido uno de los factores que, según expertos, facilitó su ascenso al cargo más alto del sistema político iraní.
En el ámbito religioso, Mojtaba Jamenei tiene el rango de hoyatoleslam, una jerarquía intermedia dentro del clero chií. No es ayatolá, el grado superior al que suelen pertenecer los líderes religiosos más influyentes del país. Sin embargo, su padre tampoco tenía ese rango cuando fue nombrado líder supremo en 1989. En aquel momento, la legislación iraní fue modificada para permitir su designación.
El nombre de Mojtaba llevaba años circulando en las conversaciones sobre la sucesión de su padre. Alí Jamenei había gobernado Irán durante 36 años, convirtiéndose en una de las figuras políticas más longevas del mundo. Antes había sido presidente del país durante ocho años bajo el liderazgo del fundador de la República Islámica, el ayatolá Ruholá Jomeini.
Pese a estas especulaciones, Mojtaba Jamenei evitó siempre pronunciarse sobre la posibilidad de heredar el cargo. De hecho, su perfil público ha sido casi inexistente. Rara vez ha aparecido en actos oficiales y nunca ha pronunciado sermones importantes ni discursos políticos. Para muchos iraníes, su figura sigue siendo casi desconocida.
Ese bajo perfil ha alimentado críticas tanto dentro como fuera de Irán. Algunos sectores consideran que su nombramiento introduce una lógica dinástica en un sistema que nació precisamente para acabar con la monarquía de los Pahlaví, derrocada durante la revolución islámica de 1979.
Los analistas también interpretan su llegada al poder como una señal de endurecimiento político. En su opinión, la elección de Mojtaba Jamenei reduce, al menos en el corto plazo, las posibilidades de una negociación con Estados Unidos que permita rebajar la tensión regional.
Su relación con los sectores más duros del régimen viene de lejos. De joven formó parte del Batallón Habib de la Guardia Revolucionaria y participó en la guerra entre Irán e Irak en la década de 1980. Muchos de quienes combatieron junto a él ocupan hoy posiciones clave dentro de los servicios de seguridad e inteligencia del país.
En Occidente, su figura está rodeada de polémica. Estados Unidos y varios de sus aliados lo incluyeron en listas de sanciones, acusándolo de participar en redes financieras vinculadas al poder iraní. Medios occidentales también han señalado que controla, a través de intermediarios, importantes fortunas y propiedades de lujo en el extranjero, valoradas en miles de millones de dólares.
Las acusaciones más graves, sin embargo, están relacionadas con la represión interna. La oposición reformista y diversas organizaciones internacionales lo señalan como uno de los responsables de la dura respuesta del régimen a las protestas de 2009. Aquellas movilizaciones estallaron tras unas elecciones presidenciales denunciadas como fraudulentas por amplios sectores de la población.
Durante esas manifestaciones, el régimen desplegó a la milicia Basij, una fuerza paramilitar utilizada habitualmente para contener protestas. Según organizaciones de derechos humanos, miles de personas murieron en sucesivas oleadas de represión desde entonces, incluida la más reciente serie de manifestaciones que comenzó a finales de diciembre.
La decisión final sobre el nuevo líder correspondió a la Asamblea de Expertos, un órgano formado por 88 clérigos chiíes que representan a distintas regiones del país. Este consejo es el encargado, según la Constitución iraní, de designar y supervisar al líder supremo.
La propia sede de la Asamblea se convirtió recientemente en uno de los objetivos de la campaña de bombardeos lanzada por Estados Unidos e Israel, reflejo de la gravedad de la crisis que atraviesa el país.
Mientras se tomaba la decisión, el poder quedó provisionalmente en manos de un triunvirato compuesto por el clérigo conservador Alireza Arafi, el jefe del poder judicial Gholamhossein Mohseni-Ejei y el presidente iraní, Masud Pezeshkian.
Con Mojtaba Jamenei ya al frente del país, Irán entra en una nueva etapa marcada por la incertidumbre, la presión internacional y una lucha interna entre quienes defienden el inmovilismo del sistema y quienes reclaman cambios profundos.
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