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Bad Bunny protagoniza el medio tiempo más latino del Super Bowl

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Un mensaje de unidad continental desata elogios y críticas en EE. UU.

SANTA CLARA.— El descanso del Super Bowl volvió a ser escenario de algo más que música y espectáculo. Esta vez, el protagonista fue Bad Bunny, quien convirtió el intermedio de la final de la NFL en una declaración cultural sin precedentes: un show íntegramente en español, con estética caribeña y un mensaje explícito de unidad en las Américas. El resultado fue tan celebrado por millones de espectadores como duramente criticado por sectores conservadores, incluido el expresidente Donald Trump.

La actuación llegó apenas una semana después de que Benito Antonio Martínez Ocasio hiciera historia al ganar el Grammy a Álbum del Año con DeBÍ TiRAR Más FOTOS, el primer disco completamente en español en lograr ese reconocimiento. Con ese antecedente, el artista puertorriqueño asumió el escenario del Levi’s Stadium como quien sabe que no tiene nada que demostrar, pero mucho que decir.

El campo se transformó en una postal simbólica del Caribe. La escenografía y el vestuario evocaron los campos de caña de azúcar de Puerto Rico, combinados con una producción de gran escala que no renunció a sus raíces. Bad Bunny condujo el espectáculo con soltura, sin pausas ni concesiones, mientras el estadio y millones de televidentes seguían un repertorio que se mantuvo fiel a su identidad artística.

Uno de los momentos más significativos fue la participación de Ricky Martin, quien se sumó para interpretar “Lo Que Le Pasó a Hawaii”, una canción del propio Bad Bunny. La escena funcionó como un cruce generacional entre dos figuras clave de la música latina global, reforzando la idea de continuidad y pertenencia cultural. Más adelante, Lady Gaga apareció como invitada especial, integrándose al show con naturalidad y sin desviar el foco del mensaje central.

El cierre fue deliberadamente simbólico. Bad Bunny se dirigió al público en inglés para pedir que “Dios bendiga a América”, y amplió la idea al mencionar a los países del norte, centro y sur del continente, mientras decenas de bailarines ondeaban banderas a su alrededor. No fue un gesto improvisado, sino una declaración clara: América como un espacio diverso, plural y compartido.

La reacción política no tardó en llegar. Donald Trump, expresidente de Estados Unidos, calificó el espectáculo como “uno de los peores de la historia” y lo describió como “una bofetada” al país. En declaraciones difundidas tras el partido, afirmó que la actuación “no representa los estándares de éxito, creatividad ni excelencia” que, a su juicio, definen a Estados Unidos, y cuestionó que gran parte del público no entendiera las letras en español.

Trump también sugirió que las críticas positivas responderían al respaldo de “medios falsos”, reiterando un discurso que ya había utilizado anteriormente contra el artista. No es la primera vez que el exmandatario arremete contra Bad Bunny, quien en la última gala de los Grammy lanzó consignas contra el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) y defendió la dignidad de los migrantes.

Lejos de diluirse en la polémica, el show confirmó algo que ya parecía evidente: Bad Bunny no solo ocupa un lugar central en la industria musical, sino que también se ha convertido en una figura capaz de incomodar, provocar debate y redefinir el alcance cultural del mayor espectáculo deportivo del planeta.

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