La Luna ya no es una meta, ahora es el punto de partida
El programa Artemis busca establecer la primera base permanente en el Polo Sur
Hace más de cinco décadas que el polvo lunar no siente la pisada de una bota humana. La última vez fue en 1972, cuando el programa Apolo cerró el telón de una era de exploración que parecía sacada de la ciencia ficción. Sin embargo, hoy el panorama ha cambiado radicalmente. Ya no se trata de una carrera de velocidad para plantar una bandera y volver a casa con un puñado de rocas. Esta vez, la humanidad regresa para quedarse.

La misión Artemis II, cuyo lanzamiento se perfila para marzo de este mismo año, marca el inicio real de este nuevo capítulo. No es solo una continuación del legado de la NASA; es una evolución profunda. En esta ocasión, el viaje no es solo una hazaña técnica, sino un reflejo de la sociedad actual.
Por primera vez en la historia, la tripulación que orbitará el satélite no estará compuesta exclusivamente por hombres blancos estadounidenses. La presencia de la primera mujer, la primera persona negra y el primer astronauta canadiense en el entorno lunar rompe con el molde del siglo pasado.
¿Por qué volver ahora?
La pregunta que muchos se hacen es: ¿qué nos ofrece la Luna que no hayamos visto ya? La respuesta reside en la ambición del proyecto. Mientras que el programa Apolo consistió en visitas fugaces de apenas quince días en total, Artemis planea construir una infraestructura sostenible.
El objetivo es crear la Gateway, una estación orbital diseñada para operar durante al menos quince años, que servirá como puerto de enlace entre la Tierra y la superficie lunar.
Guillermo González, experto de la Agencia Espacial Europea (ESA), lo define con claridad: estamos creando las condiciones para una Economía Lunar. Ya no se busca solo observar, sino aprender a extraer recursos, vivir y trabajar en otro mundo. Es, en esencia, el campo de entrenamiento necesario para el siguiente gran salto: Marte.
La diferencia está en el hielo
Uno de los cambios más significativos respecto a las misiones de los años 60 es el destino. El programa Apolo aterrizó principalmente en las regiones ecuatoriales del satélite. Artemis, en cambio, apunta al Polo Sur. ¿La razón? El agua.
En la década de los 60 ignorábamos que en los cráteres eternamente sombreados de los polos existen reservas masivas de hielo. Este recurso es el "oro blanco" del espacio; de él se puede obtener oxígeno para respirar y combustible para naves espaciales, lo que facilitaría enormemente la estancia prolongada.
Tecnología europea para un viaje de diez días
La nave Orion es la pieza central de este rompecabezas. A diferencia del antiguo Transbordador Espacial, Orion es pequeña, ágil y está diseñada específicamente para escapar de la gravedad terrestre, algo que el transbordador no podía hacer. Se trata de un esfuerzo internacional donde Europa ha fabricado prácticamente la mitad de la nave.
Aunque la cápsula tiene un aire nostálgico que recuerda a las misiones Apolo, por dentro es otro mundo. Los astronautas —Reid Wiseman, Victor Glover, Christina Koch y Jeremy Hansen— contarán con comodidades impensables para Armstrong y Aldrin: una pequeña cocina, un sistema de higiene moderno e incluso máquinas para hacer ejercicio, vitales para combatir la pérdida de densidad ósea en el espacio.
El viaje de Artemis II durará unos diez días. Tras orbitar la Tierra y realizar maniobras manuales para probar los sistemas de proximidad, la Orion recibirá el impulso definitivo para viajar 7.500 kilómetros más allá de la cara oculta de la Luna antes de emprender el regreso. Si todo sale según lo previsto, este vuelo será el prólogo de una presencia humana constante que cambiará nuestra relación con el cosmos para siempre.
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