De los que no quiero saber
Tenemos entonces en el mundo a millones y millones de ciudadanos que, siendo ‘buenos’, se inclinan por unos ‘malos.
Todos los seres humanos tenemos virtudes y defectos, aunque mucho más de estos últimos. Eso lo sabe desde el Creador supremo hasta el más infeliz ciudadano.
Por ello, cada quien juzga a su manera y se inclina a veces por el pequeño grupo de ‘virtuosos’ y no por el grupo contrario.
Tenemos entonces en el mundo a millones y millones de ciudadanos que, siendo ‘buenos’, se inclinan por unos ‘malos’ e indignos que son líderes en sus respectivas profesiones. Por estos que se creen llenos de virtudes y sapiencias.
Y así, el mundo camina y gira en un redondel donde avanzamos y retrocedemos, o al revés.
Hoy día entre las profesiones más desprestigiadas figuran las de abogado, político y comerciante. Lo que no quiere decir que religiosos, empresarios, choferes, agrónomos, agrimensores, sastres, mecánicos o barberos se excluyan por completo.
Pero quedándonos en nuestro querido lar, y pese a los memorables ejemplos de honradez dejados por nuestro patricio y líder supremo, general Juan Pablo Duarte, las ‘proezas’ y ‘genialidades’ de políticos y abogados se llevan los honores en descrédito público.
Claro, no se ha hecho ningún sondeo ni encuesta para determinarlo con total claridad, cantidad y veracidad.
Entre otros factores, a los políticos se les califica de casi todo lo peor: de mentir, de vivir del cuento, de apropiarse de bienes de todo género cuando están en el poder, de solicitar dádivas cuando aspiran y de alejarse de las ‘masas’ que los votaron.
De este modo vemos cómo los pobres y ‘buenos’ ciudadanos votan por los peores candidatos en cualquier proceso. Y vemos cómo esposas, hijos, nietos, familiares cercanos, empleados y algunos amigos y colaboradores de estos candidatos se ‘hacen ricos de la noche a la mañana’.
En el caso de los abogados, litigantes o no, especialistas o no, sesudos o ignorantes, las cosas llegan a un punto en que hasta los mismos políticos deben utilizarlos, y pagarles buen dinero, para que los exculpen de acusaciones o de corrupción, o les reduzcan las penas.
Hoy, en nuestro país, políticos, abogados, profesores, choferes del transporte público y privado, comerciantes, constructores y otros ‘padres de familia’ engañan hasta a sus propios colegios y sindicatos, a familiares, usuarios y amigos. Sin piedad alguna, a veces aumentando los precios sin que haya motivos, y sin pagar los debidos impuestos legales.
Pero los pobres campesinos y los infelices obreros, productores de riquezas, siguen ganando los mismos salarios, a veces dejando de pagar luz, agua o basura para no morirse antes de tiempo en el manejo de sus tímidos presupuestos.
Todos aguantándoles ‘vainas’ a los poderosos patronos, tomando préstamos y empeñando cualquier tenis o ropa, para solventar las responsabilidades de cada mes.
Hasta que llegue diciembre y reciban el salario trece que, muchos creen, servirá para pagar deudas atrasadas a esos ‘virtuosos’ políticos, empresarios, abogados, comerciantes, choferes y ‘líderes’ que usan y desprecian a los infelices ciudadanos aquí y en casi todo el resto del mundo.
Esto que hoy escribo lo dijo M. Gandhi hace tiempo cuando le preguntaron cuáles eran los factores que destruyen al ser humano y él respondió:
‘La política sin principios, el placer sin compromiso, la riqueza sin trabajo, la sabiduría sin carácter, los negocios sin moral, la ciencia sin humanidad y la oración sin caridad’.
O como lo dijo el genial e inmenso Cantinflas, don Mario Moreno, mucho antes de irse al cielo:
‘Me gustaba más cuando los ladrones se tapaban las caras. Ahora llevan traje y gobiernan países’.
De esos que así se comportan en nuestro suelo nunca he querido saber. Como lo hizo Duarte en su tiempo, por lo que sigue vivo y vigente en la conciencia de todos los buenos dominicanos.
30 de enero de 2026.
Luis Fernández
Experimentado periodista de República Dominicana, con una dilatada trayectoria profesional como reportero y ejecutivo de medios de comunicación y productor de programa radial.
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