Educar sin recompensas: claves para motivar con propósito duradero
Los premios constantes afectan la autonomía y el deseo de aprender
¿Debemos premiar cada tarea que realizan los niños? La respuesta no es tan simple. Aunque muchos padres y docentes utilizan premios para fomentar el comportamiento deseado, la neurociencia y la psicopedagogía alertan sobre los riesgos de hacerlo sistemáticamente. Lo que parece una estrategia inofensiva puede socavar la motivación interna y generar dependencia de recompensas externas.
Estudios recientes demuestran que el cerebro infantil, a través del sistema dopaminérgico, responde tanto a recompensas materiales como al placer de realizar una actividad satisfactoria.
Sin embargo, cuando el estímulo externo se convierte en costumbre, se reduce el interés intrínseco por la tarea. Así lo reveló una investigación liderada por el neurocientífico Kou Murayama, quien comprobó que niños inicialmente motivados perdían interés al retirarles los premios.
Diego Redolar, profesor de la UOC, afirma que premiar de forma puntual puede resultar contraproducente. “Si recompensamos un comportamiento solo una vez, podemos apagar el deseo de repetirlo”, explica. En su lugar, recomienda centrarse en hacer que la actividad en sí sea gratificante, sin necesidad de estímulos adicionales.
Laura Cerdán Rubio, psicóloga y profesora de los Estudios de Psicología y Ciencias de la Educación de la UOC, coincide en que es mejor recurrir a reconocimientos no materiales, como elogios, tiempo de calidad o decisiones compartidas.
“Los premios tangibles deben ser excepcionales. De lo contrario, los niños solo buscarán gratificaciones externas”, afirma.
Fomentar el juego, la curiosidad y el esfuerzo sin esperar compensaciones
Una forma efectiva de motivar sin recompensas es transformar tareas rutinarias en juegos. Desde convertir el orden del cuarto en una competencia simbólica, hasta incluir dinámicas lúdicas en el estudio, el objetivo es lograr que los niños disfruten del proceso. El enfoque creativo no solo refuerza la motivación sino que fortalece el vínculo con sus cuidadores.
Cuando ya existe una costumbre de premios, es fundamental revertirla con transición gradual. Retirar las recompensas poco a poco, establecer rutinas consistentes y conversar sobre la responsabilidad personal ayuda a generar un cambio duradero. “El niño debe entender que hay tareas que no requieren compensación, sino que forman parte de su vida”, explica Cerdán.
Ambos especialistas destacan que padres y educadores deben modelar con el ejemplo. La coherencia entre lo que se dice y se hace es crucial. Si los niños observan que los adultos actúan sin esperar beneficios, interiorizarán ese comportamiento como propio.
Educar para la autonomía implica acompañar a los niños en el descubrimiento del valor de su esfuerzo. Reforzar logros con palabras, atención y cariño puede ser más transformador que cualquier premio material.
Yamilé Tejada Tapia
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