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Los padres de la globalización

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Fitzgerald Tejada Martínez.

Los arquitectos del mundo interconectado.

La globalización no nació de una sola mente ni en un único siglo. Es un ecosistema moldeado por navegantes, economistas, visionarios de la tecnología y políticos. Por ende para entender cómo el mundo se volvió tan pequeño, debemos mirar a sus cuatro pilares fundamentales:

El primero: Cristóbal Colón, un navegante español que en 1492, conectó de forma permanente el viejo y el nuevo mundo, es decir que inició la primera globalización. No solo abrió rutas comerciales, sino que desató el llamado: Intercambio Colombino. La transferencia masiva de alimentos (la papa y el maíz a Europa, el trigo y el ganado a América), culturas y poblaciones transformó la ecología y la economía global para siempre.

El segundo: Marshall McLuhan, un visionario digital que en 1962, acuñó el término "Aldea Global", décadas antes de que existiera el internet comercial.: Este filósofo canadiense entendió que los medios de comunicación electrónicos transformarían el planeta en una comunidad interconectada en tiempo real, advirtiendo que “al igual que en una aldea pequeña, la hiperconectividad provocaría que los asuntos de los demás fueran una preocupación constante de todos”.

El tercero: Peter Sutherland, un estratega comercial que en 1995, lideró la transición del Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT), hacia la creación de la Organización Mundial del Comercio (OMC).

Si Colón, abrió las rutas de interconexión, Sutherland, escribió el reglamento moderno, tras consolidar las reglas del comercio internacional, reduciendo drásticamente los aranceles globales, permitiendo que una empresa diseñe un producto en un país, manufacture sus piezas en otros tres y lo venda en todo el mundo.

El cuarto (aunque años antes del tercero): Theodore Levitt, quien en 1983, impulsó el término “globalización” en su célebre artículo de la Harvard Business Review. Por consiguiente, no solo inventó la etiqueta; predijo que las corporaciones tecnológicas y de consumo venderían los mismos productos estandarizados en todo el mundo (piensa en Apple o McDonald’s), ya que los gustos e intereses de las distintas culturas se irían unificando.

En definitiva, para que estos personajes lograsen su impacto, operó una ley económica invisible, pero implacable: La ventaja comparativa (formulada originalmente por David Ricardo en 1817)

El principio clave: Las naciones no necesitan ser buenas en todo; prosperan si se especializan en lo que hacen de manera más eficiente e intercambian sus excedentes con los demás. Esta es la verdadera gasolina del motor global.

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