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Redondo Llenas sale de prisión y pide perdón

Tras cumplir 30 años por el crimen que estremeció al país, Mario José Redondo Llenas salió de prisión y pidió perdón. Su mensaje reabre el debate sobre justicia, memoria, castigo y la posibilidad —siempre incómoda— de la reinserción.

| | 4 min read

Tras 30 años, habla de culpa, deuda moral y reinserción

Santo Domingo. – La mañana de este martes no fue una más en la memoria reciente del país. Tras tres décadas en prisión por uno de los crímenes más dolorosos de la historia dominicana, Mario José Redondo Llenas cruzó las puertas del Centro de Corrección y Rehabilitación Najayo-Hombres y, frente a cámaras y micrófonos, habló. No lo hizo para justificarse, sino —según sus propias palabras— para pedir perdón y asumir una culpa que dice no lo ha abandonado.

Redondo Llenas cumplió la pena máxima de 30 años por el asesinato de su primo, el niño José Rafael Llenas Aybar, ocurrido en 1996. A su salida, ofreció un breve manifiesto público estructurado en tres ejes: arrepentimiento, respeto y vocación de servicio. Sin embargo, más allá de la forma, lo que quedó en el ambiente fue el peso de sus palabras y la inevitable reacción social que estas provocan.

Desde el inicio, habló de un “arrepentimiento profundo”. Aseguró que no se trata de una postura reciente, sino de un proceso sostenido durante sus años en prisión. Dijo que el perdón —entendido como ejercicio personal más que como absolución social— fue la única vía que encontró para convivir con la magnitud del daño causado. En ese sentido, pidió perdón a su familia, a las víctimas directas y a toda la sociedad dominicana, consciente de que el crimen dejó una marca que trasciende lo individual.

Pero su discurso no se limitó a la contrición. También hubo una admisión directa de los límites de cualquier intento de reparación. “No existe una forma de borrar lo ocurrido; esa es mi deuda moral permanente”, expresó. Con esa frase, reconoció que la pérdida de una vida —y más aún en las circunstancias en que ocurrió— no admite compensación posible. Es, en sus términos, una carga que seguirá presente más allá de la libertad física.

En otro momento, abordó su paso por el sistema penitenciario. Afirmó que aprovechó el tiempo para formarse académicamente, completando estudios en Derecho, además de otras áreas del conocimiento. Según dijo, esa etapa fue clave en su proceso de reflexión personal. No obstante, también planteó una idea que suele generar divisiones: la necesidad de que el sistema carcelario apueste por la reinserción real de quienes han cumplido sus condenas.

En esa línea, manifestó su intención de reinsertarse en la sociedad no solo como un ciudadano en libertad, sino como alguien dispuesto a contribuir, especialmente desde la prevención. Aseguró que quiere evitar que otros jóvenes repitan errores irreparables. Es una aspiración que, aunque legítima en el plano individual, choca inevitablemente con el recuerdo colectivo del caso.

Su liberación se produjo pasadas las 7:00 de la mañana, tras una resolución judicial que ordenó su salida inmediata al cumplirse íntegramente la pena. Con ello, se cierra un capítulo judicial, pero no necesariamente el capítulo social y emocional que el caso abrió hace casi 30 años.

El asesinato de José Rafael Llenas Aybar, un niño de 12 años, ocurrido el 3 de mayo de 1996, marcó un antes y un después en la República Dominicana. No solo por la brutalidad del hecho —34 puñaladas, un cuerpo hallado atado en un arroyo—, sino por el contexto: los responsables eran jóvenes de entornos acomodados, lo que rompió la idea de que ciertos espacios estaban a salvo de la violencia.

Desde entonces, el caso quedó grabado como una herida abierta en la memoria colectiva. También alimentó debates sobre valores, justicia y la protección de la infancia. Incluso hoy, décadas después, sigue siendo un punto de referencia cuando se habla de criminalidad y de los límites del castigo.

Ahora, con Redondo Llenas en libertad, esas preguntas regresan. ¿Puede alguien saldar una deuda moral de esta magnitud? ¿Qué lugar tiene el perdón en una sociedad marcada por hechos como este? ¿Y hasta dónde llega la responsabilidad del Estado en garantizar no solo castigo, sino también rehabilitación?

No hay respuestas simples. Lo que sí es claro es que, más allá de su discurso, el país vuelve a mirarse en el espejo de un caso que nunca terminó de cerrarse. Y en ese reflejo, conviven el dolor, la memoria y una incómoda, pero necesaria, discusión sobre justicia y humanidad.

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