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El Chaval llena Puerto Cortés en Honduras con 70 mil almas

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Bachata.
Chaval de la Bachata en Honduras.

El bachatero dominicano convirtió Sábado Santo en catarsis colectiva

Puerto Cortés, Honduras.— La ciudad no durmió. En una fecha marcada por el recogimiento religioso, este puerto del Caribe hondureño eligió otra forma de encuentro: la música que duele, consuela y une. La noche del Sábado Santo quedó tomada por la voz de El Chaval de la Bachata, quien reunió a cerca de 70 mil personas en un concierto que desbordó cualquier previsión.

Chaval de la Bachata.

La cifra impresiona, pero no alcanza para explicar lo que se vivió frente a la Playa Municipal El Porvenir. Más que un espectáculo, fue una experiencia colectiva donde la bachata —ese género nacido en los márgenes— volvió a demostrar su arraigo profundo en Centroamérica.

Desde temprano, el ambiente anunciaba que algo fuera de lo común estaba por ocurrir. Calles llenas, vendedores improvisados, familias completas y grupos de jóvenes con camisetas del artista avanzaban hacia la zona del concierto. Muchos habían viajado desde ciudades lejanas, incluso desde Guatemala y El Salvador. No era solo un evento musical; era una cita emocional.

El escenario, montado de cara al mar, quedó rápidamente rodeado por una multitud que no dejó espacios vacíos. La brisa salina y el sonido constante de las olas acompañaban la espera. La atmósfera se sentía cargada, expectante.

El alcalde Giancarlos Rodríguez tuvo a su cargo la presentación. Fue breve, consciente de que la multitud no necesitaba discursos. A las 11:13 de la noche, cuando sonaron los primeros acordes de “Homenaje a Luis Segura”, el público respondió sin transición: del silencio a la euforia.

El artista dominicano apareció sin excesos escénicos, apostando a lo esencial: su voz y su repertorio. Bastó eso. La conexión fue inmediata. Cada canción era coreada como si formara parte de la historia personal de quienes estaban allí.

Temas como “Perdido” marcaron uno de los momentos más intensos. Miles de voces se unieron en un mismo sentimiento, creando una especie de desahogo colectivo. No había distancia entre escenario y público. Todo era una sola masa emocional.

“Buenas noches, Puerto Cortés… vamos a cantarlas todas”, dijo el intérprete. Y cumplió. El repertorio avanzó con éxitos como “Cuando el amor se va”, “El último golpe”, “Me dejaste solo”, “Amor eterno” y “Canalla”. La escena era elocuente: celulares en alto iluminando la noche, parejas abrazadas, ojos cerrados y manos levantadas.

Pasada la medianoche, ya en Domingo de Resurrección, llegó el punto más alto con “Dile a él”. Contra todo pronóstico, el cansancio no apareció. Al contrario, la energía creció. Lo que se vivió entonces fue descrito por muchos como un “tsunami de amargue”, una ola emocional que recorrió toda la playa.

Cuando parecía que el cierre era definitivo, el público no lo permitió. El coro de “¡Otro, otro, otro!” se impuso con fuerza. No era un gesto protocolar; era una exigencia. El Chaval regresó y respondió con “Dónde están esos amigos”, poniendo el broche final a una noche que ya había superado el terreno de lo habitual.

Lo ocurrido en Puerto Cortés no se resume en números. Sí, hubo un récord de asistencia. Pero, sobre todo, hubo una confirmación: la bachata sigue viva, expandiéndose y encontrando nuevos territorios donde se convierte en lenguaje común. En Honduras, esa noche, dejó de ser solo música para convertirse en algo cercano a la fe.

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