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La pesadilla del crudo caro revive en Oriente Próximo

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El miedo a Ormuz empuja el petróleo y sacude el pulso económico global

Santo Domingo.- El mercado del petróleo ha vuelto a entrar en terreno nervioso. No por una decisión de la OPEP ni por un desplome inesperado de la producción, sino por algo más antiguo y difícil de medir: la guerra. La escalada de tensión entre Irán, Estados Unidos e Israel ha reactivado el peor de los fantasmas energéticos y ha colocado al crudo otra vez en la senda de la incertidumbre, con precios que ya rozan los 75 dólares por barril y miran de reojo la temida barrera de los cien.

En el centro de todas las miradas está el Estrecho de Ormuz, un corredor marítimo estrecho y estratégico por donde circula cerca del 20 % del petróleo que se consume en el mundo. No hace falta que se cierre para generar pánico: basta con que la amenaza sea creíble. Y ahora lo es. Cada declaración, cada movimiento militar en la zona, se traduce casi de inmediato en nerviosismo en las bolsas y en un repunte del precio del crudo.

Los cálculos de Rystad Energy ayudan a entender la magnitud del riesgo. Un bloqueo efectivo de Ormuz, incluso parcial, podría retirar del mercado entre ocho y diez millones de barriles diarios. En términos simples: menos petróleo disponible, precios disparados. El impacto, según sus estimaciones, añadiría unos 20 dólares al barril, empujándolo hacia los 90 o incluso más si la crisis se prolonga.

Pero el problema ya no es solo teórico. En los últimos días se han reportado ataques contra buques que transitaban por el Golfo, un hecho que ha encendido todas las alarmas en el sector marítimo. Fuentes consultadas por Reuters confirman que varias compañías petroleras y grandes traders han optado por frenar envíos de crudo, combustibles y gas licuado ante el deterioro de la seguridad. Gigantes del transporte como MSC y Maersk han ordenado a parte de sus flotas alejarse de la zona y suspender operaciones hasta nuevo aviso.

La consecuencia inmediata es logística, pero el efecto final acaba siempre en el bolsillo del consumidor. Los desvíos de rutas, los retrasos y el encarecimiento de los seguros elevan el coste del transporte marítimo. Como ya ocurrió con la crisis del mar Rojo y el canal de Suez, el aumento de los fletes termina filtrándose a los precios finales de la energía y de los bienes que dependen de ella.

Mientras tanto, los principales indicadores del mercado —el Brent y el West Texas Intermediate— cotizan en máximos de siete meses. Los analistas no descartan subidas adicionales de dos dígitos si el conflicto se enquista o si la producción iraní se ve afectada de forma directa.

La OPEP+ observa el escenario con cautela. Países como Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait e Irak son los más expuestos a cualquier sacudida en la región, pero también los pocos con capacidad real para aumentar producción y amortiguar el golpe. De su reacción dependerá que la crisis no termine desestabilizando una economía global que aún no se recupera del todo del ciclo inflacionario reciente.

Por ahora, el mercado se mueve al ritmo de la geopolítica. Los misiles pesan más que los datos y Ormuz vuelve a ser sinónimo de riesgo. La incógnita es si se trata de un sobresalto pasajero o del inicio de una crisis energética más larga. La respuesta, como tantas veces, no está en los parqués, sino en el mar y en los despachos donde se decide la guerra y la paz.

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