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Para poner fin a la anarquía impuesta por el globalismo que disuelve valores cristianos

| | 7 min read
Victor Grimaldi, periodista y ex embajador dominicano ante el Vaticano.

El autor expone como el globalismo busca destruir tradiciones, estados y valores religiosos 

La crisis de nuestro tiempo no es solamente económica, tecnológica o geopolítica. Es, sobre todo, una crisis de autoridad. 

Allí donde se debilita la jerarquía legítima, se confunde el mando y se trivializa la obediencia, surge inevitablemente una forma de anarquía cultural que no siempre se presenta con el rostro del desorden visible, sino con la máscara seductora de la modernidad globalizada.

El globalismo contemporáneo —más que un simple fenómeno económico— es una cosmovisión que tiende a relativizar las raíces espirituales de los pueblos. 

Disuelve tradiciones, diluye identidades nacionales y, sobre todo, erosiona el fundamento cristiano que durante siglos dio cohesión moral a Occidente y a América Latina. 

Bajo el pretexto de la “aldea global”, se promueve una ética sin trascendencia, una libertad sin verdad y un progreso sin alma.

Frente a ese proceso de disolución, reaparece con fuerza la necesidad de las tres columnas clásicas de toda civilización ordenada: jerarquía, mando y obediencia.

La jerarquía no es opresión, sino orden justo de responsabilidades. Significa reconocer que no todas las funciones son iguales, que la autoridad legítima nace del servicio al bien común y que la sociedad no puede sobrevivir cuando se destruyen los niveles de autoridad natural: familia, escuela, Iglesia y Estado. 

La negación sistemática de toda jerarquía, en nombre de un igualitarismo radical, termina creando sociedades sin referentes morales, fácilmente manipulables por poderes económicos y mediáticos transnacionales.

El mando, por su parte, no es tiranía cuando está fundado en la ley moral. 

Mandar significa asumir la carga de decidir en favor del pueblo, no de los intereses de élites globales que pretenden uniformar culturas y conciencias. 

El verdadero mando exige responsabilidad histórica, sentido de nación y fidelidad a los valores que dieron origen a la comunidad política. 

Cuando el mando se subordina a agendas ideológicas externas, pierde legitimidad y se convierte en simple administración de consignas ajenas al alma del pueblo.

La obediencia, finalmente, no es servilismo, sino disciplina consciente orientada al bien. 

Una sociedad donde nadie obedece a la ley justa ni respeta las instituciones legítimas cae en el caos moral, aunque mantenga apariencias democráticas. 

La obediencia auténtica supone adhesión a principios superiores: la dignidad de la persona, la defensa de la vida, la centralidad de la familia y el reconocimiento de Dios como fundamento último del orden moral.

El globalismo, en su vertiente más radical, busca precisamente lo contrario: individuos desligados de tradiciones, Estados debilitados, religiones reducidas al ámbito privado y una cultura homogénea regida por intereses económicos y tecnológicos. 

En ese contexto, la disolución de los valores cristianos no es un accidente, sino una consecuencia lógica: un mundo sin trascendencia es más fácilmente gobernable desde centros de poder impersonales.

Sin embargo, la respuesta no puede ser una restauración autoritaria ni un rechazo ciego a la interdependencia global. 

La solución es más profunda: recuperar la concepción cristiana del poder como servicio, de la autoridad como responsabilidad moral y de la obediencia como fidelidad a la verdad. 

Solo así se evita que la lucha contra la anarquía global derive en nuevas formas de despotismo.

La tradición cristiana enseña que toda autoridad procede de Dios en la medida en que se orienta al bien y respeta la dignidad humana. 

Por eso, jerarquía, mando y obediencia deben ser comprendidos a la luz del Evangelio: jerarquía para servir, mando para proteger y obediencia para construir el bien común.

En tiempos en que fuerzas culturales globales intentan redefinir al ser humano al margen de sus raíces espirituales, reafirmar estas tres nociones no es un gesto reaccionario, sino un acto de defensa de la civilización. 

No se trata de imponer un orden arbitrario, sino de restaurar un orden moral que permita a las naciones vivir con identidad, libertad responsable y fe.

Porque cuando se destruyen las jerarquías naturales, se desacredita el mando legítimo y se ridiculiza la obediencia consciente, lo que emerge no es la libertad auténtica, sino una anarquía dirigida desde centros de poder invisibles. 

Y frente a esa anarquía sofisticada, la respuesta más sólida sigue siendo la misma que sostuvo a la cristiandad durante siglos: autoridad con conciencia, disciplina con justicia y obediencia fundada en la verdad.

Jerarquía – Mando – Obediencia: la transfiguración evangélica del poder

El discurso del papa León XIV a los Carabineros de Roma-San Pietro (13 de febrero de 2026) ofrece una clave conceptual de gran profundidad para comprender no solo la ética militar, sino también la naturaleza misma del poder en la tradición cristiana.

La tríada —jerarquía, mando, obediencia— pertenece originariamente al mundo castrense. Es el lenguaje de la organización, de la disciplina y de la eficacia operativa. Sin jerarquía no hay estructura; sin mando no hay dirección; sin obediencia no hay unidad de acción. 

En el plano estrictamente militar, estos conceptos garantizan cohesión y capacidad de respuesta ante el peligro. 

Pero el Papa introduce un giro decisivo: esas mismas palabras existen también en la Iglesia, “transformadas por la novedad del Evangelio”.

Ahí radica la revolución silenciosa del cristianismo en la historia.

No se trata de abolir la jerarquía, ni de negar el mando, ni de despreciar la obediencia. 

El Evangelio no destruye esas realidades; las purifica desde dentro. En la lógica pagana del poder antiguo, jerarquía significaba dominación; mando, imposición; obediencia, sometimiento. 

En la lógica cristiana, jerarquía se convierte en servicio; mando, en responsabilidad moral; obediencia, en adhesión libre al bien y a la verdad.

Esta distinción no es retórica, sino histórica. La civilización europea —y con ella gran parte del orden jurídico y político moderno— se formó bajo esa lenta impregnación evangélica de las estructuras de autoridad. 

El Papa recuerda que el cristianismo no transformó el mundo con revoluciones violentas, sino con la conversión de las conciencias. Ese es el verdadero núcleo civilizatorio: el poder sometido a la dignidad de la persona y al primado de Dios.

Desde esta perspectiva, la obediencia cristiana no es servilismo. Es obediencia de conciencia. 

El soldado, el funcionario, el diplomático o el gobernante están llamados a obedecer, sí, pero dentro de un marco ético superior: el respeto absoluto por la vida humana y la primacía de la justicia. 

Cuando el poder se divorcia de esa conciencia moral, la jerarquía degenera en autoritarismo, el mando en abuso y la obediencia en complicidad.

Para quien ha servido en la diplomacia —como lo hemos hecho durante años ante la Santa Sede y en escenarios internacionales— estas palabras resuenan con especial fuerza. 

Porque el orden internacional mismo descansa en una jerarquía de normas, en un mando institucional y en una obediencia jurídica de los Estados. 

Pero cuando ese orden se desvincula de la dignidad humana, se transforma en pura correlación de fuerzas, en ley del más fuerte, en negación del derecho que el propio Magisterio pontificio ha defendido reiteradamente.

El Papa propone, en el fondo, una pedagogía del poder: ejercer la autoridad con conciencia recta, fiel a los principios y animada por la caridad de Cristo. 

Esto implica una tensión permanente entre disciplina y misericordia, entre orden y humanidad, entre eficacia y justicia. 

La autoridad que no ama termina oprimiendo; la obediencia que no piensa termina degradando al hombre.

La Iglesia naciente comprendió esta paradoja desde sus orígenes. Los primeros cristianos obedecían al Imperio en todo lo legítimo, pero estaban dispuestos a desobedecer cuando el poder exigía idolatría o injusticia. 

De ahí surge la doctrina clásica: “hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”. No es una consigna revolucionaria, sino el fundamento de toda ética de la responsabilidad pública.

En el mundo contemporáneo —marcado por crisis de autoridad, desconfianza institucional y tentaciones autoritarias— la reflexión del Papa tiene un valor singular. 

No propone una anarquía moral ni una obediencia ciega, sino una obediencia iluminada por la conciencia cristiana. 

Esa síntesis es, quizás, una de las mayores contribuciones del cristianismo a la historia política: humanizar el poder sin destruir el orden.

Jerarquía, mando y obediencia, así entendidos, dejan de ser instrumentos de dominación y se convierten en pilares de un orden justo. 

No son negación de la libertad, sino su garantía cuando están orientados al bien común y sometidos a la ley moral.

En última instancia, la lección es clara: el poder que no se somete a Dios termina sometiendo al hombre; el poder que se deja transformar por el Evangelio se convierte en servicio, y el servicio —como enseñó Cristo lavando los pies a sus discípulos— es la forma más alta de autoridad.

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Víctor Manuel Grimaldi Céspedes

Víctor Manuel Grimaldi Céspedes

Periodista dominicano, escritor, historiador, político, diplomático y consultor en temas sociológicos y económicos.

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