Un planeta rebelde obliga a repensar cómo nacen los mundos
El sistema LHS 1903 presenta un orden planetario insólito: rocoso, gaseoso, gaseoso y otro rocoso en el extremo exterior, algo que ninguna teoría había previsto
MADRID. 12 Feb. (Especial).- Durante décadas, los astrónomos creyeron tener claro el guion de la formación planetaria. Cerca de la estrella, mundos rocosos. Lejos, gigantes de gas. Mercurio, Venus, Tierra y Marte por dentro; Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno por fuera. El Sistema Solar era el manual de instrucciones. El universo parecía haber leído el mismo libro.
Hasta que llegó LHS 1903.
Esta enana roja, una estrella pequeña y tenue a años luz de nosotros, acaba de plantar la primera grieta seria en lo que creíamos saber. Porque allí, en su periferia, los científicos han encontrado algo que no debería existir: un planeta rocoso, pequeño y terroso, orbitando justo donde solo debería haber gigantes de gas.
Y no es el único desorden. Los tres mundos que lo preceden forman una secuencia que ningún tratado de astronomía había previsto: rocoso, gaseoso, gaseoso y, al final, otra vez rocoso. Como si alguien hubiera revuelto las páginas.
El hallazgo no fue inmediato. El equipo liderado por Thomas Wilson, de la Universidad de Warwick, llevaba tiempo estudiando este sistema con una batería de telescopios terrestres y espaciales. Habían identificado tres planetas orbitando LHS 1903 y todo parecía en orden: el más cercano a la estrella era rocoso; los dos siguientes, gaseosos. Nada fuera de lo común.
Fue el satélite Cheops de la Agencia Espacial Europea el que destapó la anomalía. Sus datos revelaron un cuarto planeta, el más alejado de todos, demasiado pequeño y denso para ser un mundo gaseoso. Era rocoso. Y estaba solo, en la zona fría del sistema, donde según todas las reglas no debería haber nada más que gas y hielo.
Los científicos hicieron lo que dicta el método: buscaron explicaciones alternativas. Quizás el planeta había perdido su atmósfera tras el impacto de un asteroide gigante. Quizás los mundos de este sistema habían intercambiado órbitas en algún momento del pasado, como vecinos que se mudan de piso.
Las simulaciones descartaron ambas opciones. Ningún choque pudo arrancarle toda la envoltura gaseosa y dejarlo desnudo. Ninguna danza orbital lograba encajar con los tiempos y las posiciones actuales.
Quedaba una hipótesis, incómoda pero cada vez más sólida: los planetas de LHS 1903 no nacieron todos a la vez. La estrella los fue pariendo uno detrás de otro, en sucesivas oleadas de material. Primero el rocoso interior, después los dos gaseosos, y mucho más tarde, cuando ya casi no quedaba gas en el disco, el pequeño mundo rocoso del exterior.
Esta idea, conocida como formación planetaria de dentro hacia fuera, lleva casi una década sobre la mesa. Pero nunca había tenido pruebas tan concretas. Si la interpretación de Wilson y su equipo es correcta, el cuarto planeta de LHS 1903 se formó en un entorno empobrecido, casi residual, donde apenas quedaban ingredientes para construir mundos. Y aun así, lo hizo.
«Para cuando este planeta exterior comenzó a formarse, es probable que el sistema ya se hubiera quedado sin gas, algo que siempre hemos considerado indispensable para la creación de planetas», explica Wilson. «Sin embargo, ahí está: un mundo pequeño y rocoso que desafía lo que damos por sentado».
Isabel Rebollido, investigadora de la ESA y coautora del estudio, lo plantea en términos más amplios: «Nuestras teorías de formación planetaria se han construido mirando a nuestro propio patio trasero. Pero el universo es más grande y más variado de lo que imaginábamos. Cada sistema exoplanetario que descubrimos nos obliga a ampliar la mirada».
LHS 1903 es, por ahora, una excepción. Un caso aislado que podría ser la rareza estadística que confirma la regla, o la primera pieza de una nueva forma de entender el cosmos. Los científicos no suelen cambiar de paradigma por una sola observación. Pero la ciencia avanza así: un dato que no encaja, una anomalía que se resiste, una piedra en el zapato de lo establecido.
El satélite Cheops fue lanzado en 2019 con la misión explícita de caracterizar exoplanetas ya conocidos, de medir sus tamaños, densidades y órbitas con una precisión inédita. Nadie esperaba que su legado fuera poner patas arriba lo que creíamos saber sobre el origen de los mundos.
Maximilian Günther, científico del proyecto Cheops, lo resume con la cautela y la emoción de quien sabe que está asistiendo a algo grande: «Gran parte de cómo se forman y evolucionan los planetas sigue siendo un misterio. Encontrar pistas como esta es exactamente para lo que construimos este telescopio».
Por ahora, LHS 1903 sigue ahí, girando en silencio con su insólita familia de cuatro mundos desordenados. Un sistema que no encaja en los manuales. Y que, precisamente por eso, obliga a escribirlos de nuevo.
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