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El clima se cuela en el trabajo y redefine la prevención laboral

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Durante el siglo pasado, la temperatura de la superficie global ha ido en aumento, excepto en una franja de la región en el Atlántico Norte subpolar que se está enfriando en general, conocida como "agujero de calentamiento". NASA (Foto de ARCHIVO) 19/10/2022

El calor extremo y los eventos climáticos obligan a repensar la salud en el empleo

El cambio climático ya no es una variable externa ni un problema a largo plazo. Ha entrado de lleno en la jornada laboral y está alterando, de forma silenciosa, pero constante, las condiciones en las que millones de personas trabajan cada día. El aumento sostenido de las temperaturas, la mayor duración de las olas de calor, la degradación de la calidad del aire y la repetición de fenómenos meteorológicos extremos están modificando los riesgos laborales clásicos y obligan a revisar los fundamentos de la prevención.

Las cifras son elocuentes. Según estimaciones de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), el calor excesivo está asociado a casi 19.000 muertes laborales al año en todo el mundo y contribuye a más de 22 millones de lesiones relacionadas con el trabajo. En la Unión Europea, al menos un tercio de los trabajadores afirma estar expuesto a riesgos climáticos como el calor extremo, la contaminación atmosférica o episodios meteorológicos severos, y un 31 % reconoce su preocupación por el impacto de estos factores en su salud y seguridad.

Este escenario ya no afecta solo a sectores tradicionalmente expuestos, como la agricultura o la construcción. Actividades urbanas, servicios esenciales y trabajos en interiores también empiezan a sentir los efectos de un entorno más hostil. El estrés térmico incrementa la fatiga, reduce la concentración y eleva el riesgo de accidentes. A corto plazo puede provocar agotamiento o golpes de calor; a largo plazo, está vinculado a enfermedades crónicas graves que afectan al sistema cardiovascular, respiratorio y renal.

Para Xavier Baraza Sánchez, director de los Estudios de Economía y Empresa de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC) y especialista en prevención de riesgos laborales, el problema es estructural. El calor, explica, ha dejado de ser un fenómeno estacional para convertirse en un riesgo permanente. Llega antes, se prolonga más y se intensifica hasta alterar los ritmos de trabajo, desgastar físicamente a los empleados y, en los casos más extremos, poner en peligro la vida. Lo mismo ocurre con la contaminación del aire, que impacta de forma directa en conductores, repartidores y profesionales de servicios críticos.

Este cambio de contexto rompe con los modelos clásicos de prevención, diseñados bajo la idea de una cierta estabilidad climática. Hoy, lo que antes era excepcional empieza a ser habitual. Ya no basta con instrucciones puntuales o medidas reactivas. La nueva realidad exige rediseñar procesos, ajustar horarios, ampliar pausas, garantizar hidratación y acceso a sombra o climatización, y, sobre todo, asegurar que detener una tarea por razones de seguridad sea una opción real y no penalizada.

Además del calor, los episodios climáticos extremos añaden una capa adicional de complejidad. Inundaciones, incendios, tormentas o olas de calor prolongadas afectan a la continuidad operativa, la movilidad y las cadenas de suministro. En este contexto, los planes de emergencia genéricos resultan insuficientes. La prevención debe incorporar escenarios climáticos plausibles, ensayar decisiones difíciles —parar, reubicar, teletrabajar— y definir responsabilidades claras. Más que reaccionar, se trata de anticipar.

Este desafío también abre una oportunidad. Las organizaciones que apuestan por energías renovables, reducen su huella de carbono o integran principios de economía circular no solo contribuyen a frenar el deterioro ambiental. Suelen crear entornos de trabajo más seguros y saludables, impulsan la innovación y generan empleos con menor exposición a riesgos climáticos.

En ese cruce entre protección inmediata y transformación a largo plazo, la prevención adquiere un papel estratégico. El trabajo del futuro dependerá de la capacidad de integrar ajustes físicos, organizativos y psicosociales en un entorno cambiante. Como resume Baraza, si el planeta cambia, el trabajo —y la forma de cuidarlo— también debe cambiar. El futuro no está escrito, pero ignorar el impacto del clima en la salud laboral ya no es una opción.

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