El amor no tiene calendario, pero la sociedad aún lleva reloj
Mujeres maduras desafían prejuicios y reclaman el derecho a elegir sin permiso
El debate no nació en una cátedra académica ni en un foro feminista. Surgió, como tantas discusiones contemporáneas, en una conversación televisiva que rápidamente se desbordó hacia las redes sociales. La comunicadora dominicana Tania Báez, figura reconocida de los medios dominicanos, defendió sin rodeos su derecho a elegir qué tipo de hombre quiere a su lado, sin que la edad funcione como límite ni como mordaza.



La respuesta del influencer Luisín Jiménez fue directa y provocadora: a los 60 años —dijo— no se está para exigir, sino para agradecer. Bastó esa frase para encender una polémica que dejó al descubierto algo más profundo que una diferencia de opiniones: el choque entre una sociedad que envejece y unos prejuicios que se niegan a hacerlo.
Zoila Luna y Mariasela Álvarez no tardaron en salir en defensa de Báez. Sus voces amplificaron una discusión que, en realidad, llevaba años gestándose en silencio. Porque lo que está en juego no es solo la vida sentimental de una mujer pública, sino el lugar que la sociedad está dispuesta —o no— a concederle a la mujer madura cuando decide seguir deseando, eligiendo y exigiendo.
Durante décadas, la relación entre un hombre mayor y una mujer joven fue normalizada, incluso celebrada. Era un guion conocido: experiencia masculina, juventud femenina. Nadie preguntaba demasiado. Hoy, cuando se invierten los papeles, la reacción es otra. Aparece la sospecha, el juicio, la necesidad de explicar lo que, en el fondo, incomoda. Que una mujer de más de 60 años no solo sea visible, sino deseante y selectiva, rompe un pacto cultural no escrito.
No se trata de una moda tardía ni de un gesto caprichoso. Es el resultado de una transformación social profunda. Las mujeres que hoy cruzan la sexta década crecieron bajo reglas estrictas: matrimonio temprano, sacrificio, discreción. Cumplieron. Y ahora, con hijos criados, carreras consolidadas y una autonomía económica y emocional inédita para generaciones anteriores, están reescribiendo su propia biografía afectiva.
Sin embargo, el juicio no desaparece. Se intensifica. Mientras a un hombre de 65 años con una pareja de 30 se le mira con indulgencia, a la mujer en esa misma situación se le somete a un exhaustivo escrutinio público muchas veces implacable. Se cuestionan sus motivaciones, se insinúa interés económico, se habla de crisis, “calentura” o de soledad disfrazada. Señalamientos que diagnostican de manera errónea que el deseo femenino tiene fecha de caducidad.
Ese doble rasero revela un temor persistente a la mujer que ya no pide permiso. La mujer de 60 años de hoy no responde al estereotipo de la abuela retirada. Es activa, informada, cuida su cuerpo y su mente, y no está dispuesta a negociar su dignidad afectiva. Cuando exige, no lo hace desde la soberbia, sino desde la experiencia. Ya sabe lo que no quiere.
Curiosamente, poco se analiza la otra mitad de la ecuación. ¿Por qué hombres más jóvenes se sienten atraídos por mujeres maduras? Las respuestas suelen ser menos superficiales de lo que se cree. Hablan de estabilidad emocional, de conversaciones sin máscaras, de una sexualidad libre de presiones y de una claridad que escasea en un mercado afectivo saturado de inseguridades. No buscan ser guías ni salvadores; buscan pares.
Al final, la polémica alrededor de Tania Báez funciona como un espejo social. Expone la dificultad colectiva para aceptar que el amor, cuando es entre adultos conscientes, no debería estar regulado por el calendario ni por la moral ajena.
La verdadera discusión no es si una mujer de 60 puede exigir, sino por qué aún hay quienes creen que no debería hacerlo. Porque mientras la sociedad siga midiendo el deseo femenino con relojes ajenos, la madurez seguirá siendo vista como límite y no como lo que también puede ser: una forma plena de libertad.
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