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El petróleo venezolano: promesa compleja para Trump

| | 6 min read
La deuda de PDVSA sube un 28% tras el operativo militar de Estados Unidos
Tras la captura de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses este fin de semana, los bonos de Venezuela —considerados durante años como "activos tóxicos"— han protagonizado una remontada histórica

Producción limitada, inversión incierta y una industria que no responde a los plazos políticos

CARACAS. La idea de que Estados Unidos pueda reactivar rápidamente el flujo de petróleo venezolano tras la captura del presidente Nicolás Maduro y el reordenamiento forzado del poder en Caracas no resiste un análisis técnico serio. Ni será inmediato, ni abundante, ni sencillo. La narrativa política que acompaña la operación impulsada por Donald Trump choca con una realidad industrial marcada por el deterioro, la incertidumbre jurídica y los límites del propio mercado petrolero internacional.

Washington ha puesto sobre la mesa una propuesta ambiciosa: movilizar inversiones privadas por hasta 100 mil millones de dólares para intentar triplicar la producción venezolana, hoy cercana al millón de barriles diarios. Sin embargo, especialistas del sector advierten que esa cifra, más que una hoja de ruta realista, responde a un cálculo político.

“El mercado está saturado y las grandes inversiones requieren estabilidad de largo plazo. Nada de eso existe hoy en Venezuela”, resume Francisco Monaldi, director del programa de Energía para América Latina de la Universidad Rice, desde Houston. En su evaluación, incluso en el mejor escenario posible, compañías como Chevron o Repsol apenas podrían añadir entre 300 mil y 400 mil barriles diarios en uno o dos años, y con la eventual entrada de operadores independientes en campos menores.

El problema no es solo técnico. Es estructural. Para que una inversión masiva tenga sentido, explica Monaldi, hacen falta condiciones que hoy están lejos de consolidarse: estabilidad política, legitimidad institucional, seguridad jurídica, reglas contractuales claras y una relación bilateral previsible entre Caracas y Washington. Sin ese marco, los capitales seguirán siendo cautelosos.

Asdrúbal Oliveros, economista y consultor venezolano, coincide en el diagnóstico. A su juicio, recuperar la industria petrolera podría ser posible en un horizonte de diez años con una inversión de ese calibre, pero exige transformaciones profundas: desde la política macroeconómica hasta el sistema tributario, pasando por los incentivos a la inversión y factores externos como la evolución de la oferta y la demanda global de crudo.

Una potencia petrolera en ruinas

Venezuela conserva un dato que impresiona en cualquier foro internacional: posee las mayores reservas probadas de petróleo del planeta, con más de 303 mil millones de barriles certificados por la OPEP. El corazón de ese potencial está en la Faja Petrolífera del Orinoco, un inmenso cinturón de crudos pesados y extrapesados que podría albergar, según estimaciones, más de un billón de barriles.

Sobre el papel, el país podría producir durante siglos. En la práctica, la industria está colapsada. De los más de 12 mil pozos existentes, apenas unos 3.200 están operativos. La infraestructura de Pdvsa presenta daños severos, equipos obsoletos, mantenimiento deficiente y pérdida de capacidades operativas. La fuga de talento ha sido masiva: miles de ingenieros y técnicos abandonaron la empresa y el país desde comienzos de los años 2000.

A eso se suma la pérdida casi total de la flota petrolera propia, las dificultades para comercializar crudo en mercados tradicionales, el recurso a tanqueros que operan al margen de los controles internacionales y el peso de una deuda significativa con China, país al que se destina una porción importante de las exportaciones como mecanismo de pago.

El parque refinador, que llegó a procesar más de un millón de barriles diarios, hoy funciona apenas a una quinta parte de su capacidad. La paradoja es conocida: una nación petrolera con escasez crónica de gasolina.

Política exterior frente a historia petrolera

Trump ha insistido en que Estados Unidos fue “despojado” de sus derechos sobre el petróleo venezolano. Su entorno ha ido más lejos: el asesor de seguridad nacional Stephen Miller llegó a afirmar que la industria petrolera venezolana fue creada por el ingenio estadounidense y que su nacionalización constituyó “el mayor robo de propiedad estadounidense de la historia”.

Los hechos históricos cuentan otra historia. Las compañías extranjeras —estadounidenses y europeas— operaron durante décadas bajo concesiones otorgadas por el Estado venezolano, pero nunca fueron propietarias del subsuelo. La nacionalización de 1976, impulsada por el presidente Carlos Andrés Pérez, fue resultado de un amplio consenso político interno y se realizó mediante negociaciones que incluyeron indemnizaciones por más de 5.600 millones de dólares a las empresas afectadas.

Pdvsa, tras su creación, llegó a convertirse en una de las compañías petroleras más sólidas del mundo, con operaciones internacionales y presencia en mercados estratégicos. Ese capital institucional comenzó a erosionarse con el cambio de modelo a partir de los años 2000 y terminó desplomándose bajo el peso de la mala gestión, la politización y las sanciones internacionales.

Empresas cautelosas, marcos legales frágiles

En la reunión del 9 de enero entre Trump y directivos de 17 grandes petroleras, el mensaje fue claro: interés hay, pero también desconfianza. Chevron, Repsol y Vitol se mostraron abiertas a explorar escenarios. ExxonMobil fue más directa. Su CEO, Darren Woods, recordó que la compañía ha sufrido dos confiscaciones de activos en Venezuela y advirtió que un retorno solo sería posible con cambios profundos en el marco legal, garantías reales para la inversión y una reforma integral de la legislación de hidrocarburos.

Hoy, ese marco no existe. La Asamblea Nacional —controlada por el oficialismo— prepara una reforma legal orientada a atraer capitales, mientras el poder real sigue concentrado en el círculo más cercano al chavismo, ahora con Maduro detenido en Nueva York y con Delcy Rodríguez como presidenta encargada bajo tutela política de Washington.

El país permanece bajo estado de excepción, con garantías constitucionales suspendidas y un espacio político severamente restringido. La oposición, incluida la Nobel de la Paz 2025 María Corina Machado, sostiene que sin una transición democrática clara no habrá confianza suficiente para atraer inversiones de largo plazo.

Mercado global y factor China

A todo esto se suma un elemento clave: el contexto internacional. El mercado petrolero muestra señales de sobreoferta. La demanda global ronda los 104 millones de barriles diarios, mientras la producción supera los 106 millones. En ese escenario, el crudo venezolano no es imprescindible a corto plazo.

Sin embargo, los analistas advierten que la falta de inversión en nuevos desarrollos podría generar un déficit significativo hacia la próxima década. De ocurrir, Venezuela recuperaría valor estratégico. En ese tablero, China aparece como actor central. Consume alrededor de 17 millones de barriles diarios y depende fuertemente de las importaciones. Para Trump, limitar la influencia energética china en Venezuela es parte del cálculo geopolítico.

Mucho discurso, poca inmediatez

El petróleo venezolano sigue siendo una carta poderosa, pero no es una solución rápida ni automática. Requiere tiempo, capital, reglas claras y un mínimo de estabilidad institucional. Nada de eso se construye por decreto ni por ocupación política.

Mientras tanto, su valor inmediato ha sido más político que económico. Sirve como pieza de presión internacional, como argumento de campaña y como símbolo de poder. Pero para que vuelva a traducirse en ingresos reales para la población venezolana, hará falta algo más que promesas grandilocuentes: hará falta reconstruir un país y una industria desde sus cimientos.

Texto original agencia IPS

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