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Globalización sin brújula: cuando el mercado ocupa todo

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José Tejada Gómez, periodista, gestor cultural y director de DiarioDigitalRD.

El precio humano de un modelo que prometió progreso y dejó vacío

Hablar de globalización hoy ya no tiene el brillo que tenía a finales del siglo pasado. Durante años se la presentó como una autopista directa al progreso: más comercio, más tecnología, más oportunidades. Un mundo conectado, dinámico, sin fronteras rígidas. Sonaba bien. El problema es que esa globalización no llegó sola. Vino acompañada de una forma muy concreta de entender la economía, el poder y, sobre todo, la vida: el neoliberalismo.

El punto de partida es conocido. Con la caída del Muro de Berlín en 1989 no solo se cerró un capítulo de la Guerra Fría. También se abrió una etapa de euforia ideológica. El capitalismo liberal quedó sin rival visible y se instaló la idea de que ya no había alternativas reales. A partir de ahí, la integración económica global se aceleró como nunca antes. Las empresas cruzaron fronteras, el dinero empezó a moverse a la velocidad de un clic y la tecnología hizo el resto.

Pero ese nuevo orden no fue neutral ni inevitable. Se construyó sobre decisiones políticas muy claras. La globalización se convirtió en el vehículo perfecto para expandir el neoliberalismo, un modelo que reduce el papel del Estado, confía casi ciegamente en el mercado y coloca la competencia como valor central. No solo en la economía, también en la vida cotidiana.

Aquí conviene decirlo sin rodeos: el neoliberalismo no es solo un paquete de reformas económicas. Es una forma de mirar el mundo. Nos educa para pensar que cada persona es responsable absoluta de su destino, que el éxito es mérito individual y que el fracaso también. Si no llegas, es porque no te esforzaste lo suficiente. Si caes, es problema tuyo. No del sistema.

Esta lógica ha ido calando hondo. Hoy muchos no se ven como ciudadanos con derechos, sino como proyectos personales en permanente evaluación. Hay que rendir, mejorar, venderse mejor, producir más. Incluso el descanso parece sospechoso. Como si parar fuera un lujo o una debilidad. Byung-Chul Han lo describió bien cuando habló del “sujeto del rendimiento”: alguien que se explota a sí mismo creyendo que es libre.

Mientras tanto, el poder se ha desplazado. Las grandes decisiones ya no se toman únicamente en los parlamentos. Se toman en mercados financieros, en consejos de administración, en organismos internacionales poco transparentes. Los Estados, presionados por la competencia global, recortan, privatizan y ajustan. Todo en nombre de la eficiencia. Todo para “no quedarse atrás”.

El resultado está a la vista. La desigualdad no ha dejado de crecer, incluso en países que presumen de estabilidad económica. Se produce más riqueza que nunca, pero se reparte peor. Y cuando alguien señala este desequilibrio, la respuesta suele ser técnica, fría, deshumanizada. Como si hablar de justicia social fuera una ingenuidad del pasado.

En este contexto, la ética ha ido perdiendo peso. Lo rentable se impone a lo justo. Lo útil desplaza a lo correcto. Si algo funciona en términos de beneficios, se da por válido, aunque deje personas fuera, aunque rompa comunidades, aunque degrade la vida. La pregunta ya no es “¿esto es bueno para la sociedad?”, sino “¿esto es competitivo?”.

A todo esto se suma una crisis más difícil de medir, pero muy presente: la del sentido. Zygmunt Bauman habló de una modernidad líquida, sin estructuras firmes, donde todo es provisional. Relaciones frágiles, empleos inestables, identidades en constante cambio. Mucha libertad, sí, pero también mucha inseguridad. Mucha conexión digital y, al mismo tiempo, una sensación creciente de soledad.

No se trata de idealizar el pasado ni de negar los avances que la globalización ha traído. Sería absurdo. El problema no es la interconexión en sí, sino el marco ideológico que la ha guiado. Cuando todo gira alrededor del mercado, lo humano queda en segundo plano. Y eso, tarde o temprano, pasa factura.

Quizá el desafío de nuestro tiempo no sea frenar la globalización, sino repensarla. Recuperar la idea de lo común, del cuidado, de la responsabilidad compartida. Volver a poner límites donde hoy solo hay velocidad. Recordar que la economía debería estar al servicio de las personas, y no al revés.

Porque un mundo conectado sin brújula ética no avanza: se desorienta. Y ya estamos viendo las consecuencias.

  • *El autor es periodista y estudiante de ciencias políticas.
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José Tejada Gómez

José Tejada Gómez

Estudió en la Universalidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Periodista, fundador y director de DiarioDigitalRD. Ex presidente del Colegio Dominicano de Periodistas (CDP) y de la Asociación de Cronistas de Arte (Acroarte) Contacto: josetgomez@diariodigitalrd.com

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