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Del oficio del adulón y el periodismo

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Y es de esa manera porque su oficio proyecta una de las bajezas más vergonzosas del hombre

POR JUAN CRUZ TRIFFOLIO

  • Aún se reconoce que no es novedoso, por su abundancia y poses al emitir sus ilimitadas y diversas valoraciones, el adulón es un ente social digno de prestarle atención.

Es un ser fluido y extenso al hablar que pulula en cualquier espacio de convivencia repartiendo una moneda que empobrece a quien la recibe y abraza con la miseria humana a su emisor.

Y es de esa manera porque su oficio proyecta una de las bajezas más vergonzosas del hombre en su trajinar por subsistir, lisonjeando a las personas por cualidades que no poseen.

Pausado y sereno al aquilatar a su presa, generalmente con el avieso propósito de expoliarla y alejados de la anuencia que algunos alcanzan cimentada en el esfuerzo, la disciplina, la autenticidad y el talento, los adulones, también calificados como lisonjeros, empequeñecen a los demás con la hiperbolización de la mentira, esclavizándose unos y otros, porque todo adulador vive a expensas de quien lo escucha.

Razón en abundancia evidenció Antonio Machado Álvarez, escritor y folclorista español del siglo XIX, padre del poeta Antonio Machado y pionero en el estudio del flamenco, cuando en una de sus reflexiones resalta que “…creer en las pérfidas insinuaciones de un adulador es como beber veneno en una copa de oro”.

Aunque los adulones, lisonjeros, abundan en cualquier área social, lucen asumir mayor notoriedad, como alguien nos recordara, como ministros del demonio, doctos de la soberbia, destructores del arrepentimiento, aniquiladores de las virtudes y maestros del error, principalmente, cuando realizan el delicado y exigente rol de la comunicación social en un penetrante medio audiovisual masivo sin importar su denominación.

Allí, generalmente, exhibiendo al vestir sus mejores galas, gesticulaciones impresionantes, retóricas doctorales y verborreas propias de oradores cervantinos entregados a los mandamientos del Dios Baco, tienden a olvidar, adrede, que siempre es preferible molestar con la verdad que complacer con las falacias, aun se procure con esa engañifa el enriquecimiento ilícito y por tanto, cuestionable,

Son estos lisonjeros de nuevo cuño quienes con frecuencia parecen haberse especializado como auténticos maestros de la adulonería empecinados en desconocer que “…cuando se descubrió que la información era un negocio, la verdad dejó de ser importante”.

Tratando de imponer el valor de la estética y la mentira por encima de la ética y la moral, estos especímenes de la comunicación insisten en no asimilar el periodismo como una maravillosa escuela de vida y que jamás debe ser justificada su existencia por el gran principio darwiniano de la supervivencia del más vulgar.

Sin pretender abrazarnos a la quimera y procurar ser artífices de la utopía, insistamos en que el apostolado que exige la práctica del periodismo edificante y responsable, debe ser ejercido alejado de la complacencia ilimitada y la lisonjería persistente y avasallante, propia de hombres de bajo espíritu como son los aduladores porque, en definitiva, como establece un proverbio español: “El que hoy te compra con su adulación mañana te venderá con su traición”.

Por esa misma razón, vale cerrar estas modestas reflexiones, resaltando al gigante de la literatura latinoamericana, Gabriel García Márquez, el inolvidable Gabo, cuando como una especie de mandato a seguir destaca: “La ética debe acompañar siempre al periodismo, como el zumbido al moscardón”.
El autor es Sociólogo – Comunicador Dominicano

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