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El petróleo reacciona poco, pero el riesgo real está en Venezuela

| | 3 min read

La calma inicial del mercado oculta tensiones logísticas y geopolíticas de fondo

La reacción moderada de los precios del petróleo tras el ataque de Estados Unidos a Venezuela ha sido interpretada por muchos como una señal de tranquilidad. Sin embargo, esa lectura resulta incompleta. Detrás de la aparente calma se está acumulando un riesgo que no se mide solo en barriles, sino en confianza, logística y estabilidad a mediano plazo.

Para Nigel Green, el veterano CEO de deVere Group, el 2026 no será un año para inversores perezosos
Nigel Green, CEO de deVere Group.

Para los mercados energéticos, el primer impacto ha sido contenido. La oferta global sigue siendo amplia, la producción venezolana representa una fracción menor del total mundial y, por ahora, no hay pruebas claras de una interrupción sostenida en los flujos físicos. Bajo esa lógica, la moderación de los precios parece razonable.

Así lo explica Nigel Green, director ejecutivo de deVere Group, una de las mayores firmas de asesoría financiera independiente del mundo. A su juicio, el mercado está respondiendo a la aritmética inmediata: inventarios suficientes, barriles alternativos disponibles y capacidad ociosa en otros productores. Desde el punto de vista del volumen, el sistema aguanta.

Pero esa lectura de corto plazo no captura el problema de fondo. El impacto limitado en los precios no significa que el riesgo sea menor. Solo indica que, por ahora, el mercado tiene liquidez.

Una de las razones clave de esta reacción contenida es el destino del crudo venezolano. La mayor parte de sus exportaciones va a China, con una exposición reducida a refinerías de Estados Unidos o Europa. Esa concentración limita la sensibilidad inmediata de los referentes occidentales como el Brent o el WTI, amortiguando el movimiento de los precios. No elimina, sin embargo, el riesgo sistémico.

El verdadero punto de presión está en la naturaleza del crudo venezolano. Se trata de un petróleo pesado, especializado y difícil de sustituir con rapidez. Además, sus exportaciones dependen de infraestructuras envejecidas, puertos vulnerables y rutas marítimas cargadas de tensión política. Incluso sin una caída abrupta de la producción, pueden aparecer fricciones en seguros, transporte, financiamiento y cumplimiento de contratos.

Como señala Green, los mercados petroleros suelen estrecharse primero por la logística, antes que por la escasez. Esos costos no siempre se reflejan de inmediato en los contratos principales, pero terminan filtrándose de forma desigual.

A mediano plazo, todo depende de la duración del conflicto. Si el episodio es breve, quedará como ruido de fondo. Si la presión se prolonga, las limitaciones operativas se acumulan. El sistema energético venezolano arrastra años de subinversión y tiene poca tolerancia a una incertidumbre sostenida. El tiempo, en este escenario, actúa como multiplicador del riesgo.

La historia demuestra que el exceso de oferta es una condición frágil. Depende de flujos constantes en otras regiones, de disciplina entre productores y de que no se superpongan nuevas tensiones geopolíticas. Cuando esas suposiciones fallan, el ajuste suele ser rápido.

Más allá del mercado petrolero, el impacto se extiende a toda la economía. El petróleo influye en los costos de transporte, los alimentos, la industria y los presupuestos familiares. Marca expectativas de inflación y condiciona decisiones políticas. Los gobiernos lo sienten en sus balanzas comerciales y en la planificación fiscal; las empresas, en márgenes y cadenas de suministro; los inversores, en el cambio de correlaciones y estrategias defensivas.

En ese contexto, centrarse solo en que el precio no subió es perder de vista la señal más amplia. El petróleo no necesita encarecerse para ser relevante. Basta con que erosione la confianza. Y ese proceso, según los analistas, ya ha comenzado.

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