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Delcy Rodríguez tiende la mano a EE.UU. desde la presidencia de Venezuela

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La nueva mandataria encargada de Venezuela pide cooperación tras la captura de Maduro

En un giro que pocos podrían haber imaginado hace apenas una semana, la hasta ahora vicepresidenta de Venezuela, Delcy Rodríguez, ha emitido su primer mensaje como presidenta encargada del país. Lo hace desde una posición de extrema fragilidad, tras la incursión militar estadounidense que terminó con la captura de Nicolás Maduro. Su mensaje, sin embargo, no es de confrontación, sino de aparente conciliación. Ha invitado a Estados Unidos a “trabajar conjuntamente en una agenda de cooperación”.

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El comunicado, difundido a través de Telegram este domingo, es un ejercicio de alto voltaje político. Rodríguez reivindica el “derecho a la paz” y a la “soberanía” de Venezuela, pero el tono dominante es una llamada al diálogo. “Presidente Donald Trump: nuestros pueblos y nuestra región merecen la paz y el diálogo, no la guerra”, afirma. Son palabras cuidadosamente elegidas, dirigidas a una audiencia internacional y a unas fuerzas armadas venezolanas que, por ahora, parecen respaldarla.

La designación de Rodríguez como presidenta encargada fue un movimiento rápido del régimen chavista. El Tribunal Supremo de Justicia (TSJ), alineado con el gobierno, ordenó su ascenso apenas horas después de confirmarse la captura de Maduro. El ministro de Defensa, el general Vladimir Padrino López, y la cúpula militar emitieron un comunicado respaldando la decisión del TSJ. Este respaldo es, en este momento, su principal—y quizá único—activo real.

Pero la realidad sobre el terreno es explosiva. La operación estadounidense no solo extrajo a Maduro de Miraflores, sino que incluyó bombardeos sobre objetivos en Caracas, Aragua y La Guaira. Washington ha dado un golpe de autoridad sin precedentes en la región en décadas. La respuesta de Trump a la ascensión de Rodríguez fue inmediata y brutalmente clara: advirtió que ella “pagará un precio más alto” que Maduro si no hace “lo correcto”. No hay espacio para la ambigüedad. Lo “correcto”, en el léxico de Washington, implica muy probablemente facilitar una transición política que aleje al PSUV del poder.

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Aquí reside la contradicción fundamental del mensaje de Delcy Rodríguez. ¿Cómo puede hablar de “igualdad soberana y no injerencia” cuando su ascenso al poder se produce como consecuencia directa de una intervención militar extranjera y una orden de un tribunal cuestionado internacionalmente? Su figura encapsula la paradoja del chavismo post-Maduro: debe negociar su supervivencia con el mismo poder que acaba de decapitar su gobierno.

Para entender el peso de sus palabras, hay que mirar quién es Delcy Rodríguez. No es una figura secundaria. Hermana del también poderoso Jorge Rodríguez, ha sido una de las piezas más leales y duras del entorno de Maduro. Canciller durante los años más crudos de la crisis y la confrontación internacional, vicepresidenta y una operadora política temida. Su historial no sugiere a una moderada. Sin embargo, la política es el arte de lo posible, y las circunstancias han cambiado de forma radical. Su llamado a la cooperación suena menos a convicción y más a pragmatismo forzado por la pura necesidad de evitar una escalada que termine con el régimen por completo.

Mientras tanto, desde Washington, el secretario de Estado, Marco Rubio, ha lanzado un mensaje ligeramente distinto al de Trump. Ha anticipado “más cooperación” con el ejecutivo venezolano restante. Es un hilo de esperanza que Rodríguez parece querer agarrar. Pero es un hilo muy delgado. La “agenda de cooperación” que ella propone y la que EE.UU. puede estar dispuesto a aceptar probablemente estén a años luz de distancia. Para Caracas, cooperación podría significar el levantamiento de sanciones y un respiro económico. Para Washington, significará sin duda elecciones libres, la liberación de presos políticos y el desmantelamiento de las estructuras que sostienen al chavismo.

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El primer discurso de Rodríguez plantea más preguntas que respuestas. ¿Es una táctica para ganar tiempo y reorganizar las filas del PSUV, que ahora mismo deben estar sumidas en el caos y la desorientación? ¿O representa un sector del chavismo que, viendo el destino de Maduro, calcula que la negociación es la única salida? Las horas y días siguientes serán cruciales. La lealtad de los mandos militares intermedios, la reacción de la calle en un país exhausto y la presión internacional determinarán si Delcy Rodríguez puede pasar de ser una presidenta encargada por un tribunal a una interlocutora con algo real que ofrecer.

Una cosa es cierta: el tablero venezolano ha sido sacudido de forma irreversible. Maduro está fuera. La persona que ahora ostenta el título de liderazgo lo hace desde una posición de fuerza ilusoria, bajo la sombra de aviones de guerra extranjeros. Su invitación a la cooperación suena, en este contexto, como el intento desesperado de un régien que busca oxígeno. El problema es que, en la geopolítica, las invitaciones se aceptan siempre en los términos del más fuerte. Y en este momento, el más fuerte está muy claro.

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