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Maduro: de conductor de autobús a presidente capturado

Nicolás Maduro tras ser arrestado por tropas de EE.UU..UU

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La caída del delfín de Chávez tras doce años en el poder y una ofensiva militar

La noticia sacudió al mundo este sábado: una ofensiva militar estadounidense culminaba con la captura del presidente venezolano, Nicolás Maduro. Fue trasladado a un buque de guerra. Así, de golpe, terminaban más de doce años al frente de un país sumido en una crisis sin fin. Su historia, sin embargo, empezó mucho antes, en las calles de Caracas, lejos de los salones presidenciales.

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El avión que transporta a Maduro llega a la base de Stewart, en Nueva York.
Nicolás Maduro, esposado.

Maduro no nació en una cuna de oro. Hijo de un sindicalista exiliado y una madre colombiana, su juventud estuvo marcada por el activismo de izquierda. Su primer acercamiento al poder fue peculiar: hizo de guardaespaldas de José Vicente Rangel, una figura clave, durante una campaña presidencial en los 80. Luego, como tantos otros jóvenes militantes de la época, se fue a Cuba. Allí, en una escuela de formación política, se moldeó su ideología.

Al regresar a Venezuela, la realidad era otra. Consiguió un trabajo de conductor de autobús en el Metro de Caracas. No era un puesto cualquiera; desde allí, ayudó a fundar el sindicato de trabajadores. Esa mezcla de formación política cubana y experiencia sindical callejera definiría su perfil.

Cuando Hugo Chávez intentó su golpe de Estado en 1992 y luego fue a prisión, Maduro y su esposa, la abogada Cilia Flores, se pusieron a trabajar. Campaña tras campaña, abogaron por su liberación, que llegó en 1994. Eran los cimientos del "chavismo" y Maduro ya estaba en la primera línea.

Con Chávez en el poder en 1998, Maduro ascendió. Formó parte de la Asamblea que redactó la nueva Constitución, fue diputado, presidente del Parlamento y, finalmente, canciller. Era el hombre de confianza, el que sabía moverse entre bambalinas.

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En octubre de 2012, Chávez, ya muy enfermo, lo nombró vicepresidente. Un gesto que todos interpretaron como el pase de relevo. Cuando el "Comandante" murió en marzo de 2013, Maduro ya estaba listo para tomar el testigo. O eso parecía.

Las elecciones de abril de 2013 fueron un susto. Ganó, pero por un margen irrisorio frente a Henrique Capriles. Menos de dos puntos porcentuales. Las acusaciones de fraude empezaron a volar ese mismo día y nunca se callaron.

Maduro llegó al poder con una legitimidad debilitada y una bomba de tiempo en las manos: la economía. Para 2014, la caída del precio del petróleo destapó la crisis y las calles explotaron. La respuesta fue la represión y la cárcel para líderes opositores como Leopoldo López.

Los años siguientes fueron un pulso constante. La oposición ganó la Asamblea Nacional en 2015, pero Maduro, desde el Ejecutivo, la dejó en papel mojado. Llegó a disolverla a través de un Tribunal Supremo afín. En 2016 declaró el estado de emergencia económica.

El país se hundía, pero su control sobre los mecanismos del Estado se fortalecía. Cuando las protestas masivas de 2017 dejaron decenas de muertos, su respuesta fue convocar una Asamblea Constituyente a su medida, paralela a la legítima. Era un juego de doble poder institucional.

La farsa electoral de 2018, boicoteada por gran parte de la oposición y con una abstención récord, le dio otro mandato que buena parte del mundo, incluidos Estados Unidos y el Grupo de Lima, se negó a reconocer.

En enero de 2019, mientras juraba el cargo, el presidente de la Asamblea Nacional, Juan Guaidó, se autoproclamó presidente interino. Venezuela tuvo dos presidentes y Maduro, contra pronóstico, sobrevivió. Los militares clave se mantuvieron leales. Un intento de insurrección en abril fracasó.

La estrategia de supervivencia tenía un coste humano monstruoso: millones de venezolanos huyeron del país escapando del hambre y la miseria. Pero el régimen se aferraba. Con la oposición desgastada y fragmentada, el PSUV recuperó el control de la Asamblea en 2020.

Las elecciones de 2024 fueron la puntilla. El gobierno inhabilitó a la candidata opositora favorita, María Corina Machado. Aun así, la oposición unificada detrás de Edmundo González declaró victoria antes de que se contara el último voto.

Los resultados oficiales, claro está, dieron la victoria a Maduro. Pero el mundo, esta vez, no miró para otro lado. La vuelta de Donald Trump a la Casa Blanca en 2025 cambió las reglas. Washington no quería solo sanciones. Quería resultados.

Las acusaciones de "narcoestado", latentes durante años, se convirtieron en el casus belli. Estados Unidos reinició una campaña de bombardeos contra supuestas pistas de narcotráfico y redobló la presión. Maduro siempre dijo que era una excusa, que lo que realmente querían era el petróleo venezolano. Quizás tenía parte de razón. Pero para entonces, su suerte ya estaba echada.

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La ofensiva de este sábado no fue un acontecimiento aislado. Fue el epílogo forzado de una crisis de doce años, de elecciones cuestionadas, de protestas ahogadas en sangre y de un país esquilmado.

La historia de Nicolás Maduro, el conductor de autobús que soñó con ser el heredero de Chávez, termina no en unas elecciones, sino siendo capturado en su propio palacio y llevado a la fuerza a un buque extranjero. Un final abrupto para un presidente que, durante más de una década, parecía imposible de desalojar. Ahora, el verdadero drama, el de reconstruir Venezuela, apenas comienza.

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