Tres años de ChatGPT y un impacto que ya marca una era digital
El chatbot evoluciona de generador de contenido a aliado laboral y personal
ChatGPT cumple tres años este domingo y lo hace convertido en algo muy distinto a aquel experimento que sorprendió al mundo en 2022. Lo que empezó como una herramienta para generar contenido por diversión, hoy funciona como compañero de trabajo, asistente personal y confidente tecnológico para cientos de millones de usuarios.
La cifra impresiona. Según datos de OpenAI, 800 millones de personas usan el chatbot de forma habitual. No solo para resolver dudas rápidas. También para estructurar proyectos, escribir documentos, planear estudios y, en muchos casos, conversar sobre asuntos personales. El formato conversacional marcó su identidad desde el inicio y ha sido clave en su expansión.
La evolución técnica explica el salto. El primer ChatGPT estaba basado en GPT3.5, un modelo capaz de mantener diálogos fluidos y producir textos con naturalidad. El punto de inflexión llegó con GPT4, que introdujo la comprensión de imágenes y voz. Con eso se rompió el límite del texto. Pero fue GPT4o el que convirtió la multimodalidad en algo nativo. El sistema entendía audio, imagen y texto como partes de un mismo flujo.
En paralelo, OpenAI desarrolló modelos enfocados en el razonamiento. La serie o permitió al chatbot dedicar más tiempo a pensar antes de responder. Con eso llegaron avances en áreas complejas como programación, matemáticas y ciencias. Luego aparecieron las funciones de agente con o3 y o4-mini, que dieron sus primeros pasos en la navegación autónoma por internet. Según la compañía, estos modelos aprenden a usar herramientas externas y a entregar respuestas detalladas en menos de un minuto.
El gran salto de este verano fue GPT5, que llevó la capacidad de análisis a otro nivel. Con este modelo, ChatGPT se consolidó como un experto capaz de responder a cuestiones de nivel doctorado y de generar programas completos con unas pocas instrucciones. También mejoró su forma de expresarse. Su comunicación es más natural y puede adaptar el estilo a la personalidad del usuario.
Pero no todo es celebración. Las sombras de la inteligencia artificial siguen presentes. Entre ellas, las llamadas alucinaciones. Es decir, cuando el chatbot inventa datos o los interpreta de forma errónea. Este problema es común en modelos como Gemini, Claude, Perplexity o Grok. La diferencia es que ChatGPT se ha convertido para muchos en una fuente primaria de información. Y cuando un usuario confía ciegamente, la desinformación se cuela sin filtros.
OpenAI ha intentado reducir estos fallos reforzando el entrenamiento de sus modelos y obligándolos a citar fuentes cuando es posible. También ha añadido mecanismos para que se nieguen a responder peticiones riesgosas o que reconozcan que no pueden completar una tarea. Aun así, los errores ocurren y forman parte del debate sobre los límites de la tecnología.
Otro tema delicado es el impacto emocional. Con el uso constante, algunas personas han desarrollado dependencia afectiva hacia el chatbot. Actúan como si hablasen con un amigo cercano. Esto ha levantado alertas sobre salud mental. OpenAI afirma que GPT5 detecta mejor señales de angustia y evita respuestas que puedan empeorar la situación. También mantiene las salvaguardias durante conversaciones largas, que suelen ser las más vulnerables.
La empresa ha aplicado además reglas más estrictas para adolescentes. Introdujo herramientas para que padres y tutores supervisen su uso y trabaja en un sistema de detección de edad. La medida llegó después de que una familia estadounidense demandara a OpenAI alegando que ChatGPT contribuyó al suicidio de su hijo.
A todo esto se suman las discusiones sobre derechos de autor. Los modelos necesitan enormes cantidades de datos para entrenar. No siempre proceden de fuentes libres y eso ha provocado demandas y tensiones con medios, artistas y creadores.
La ciberseguridad también sigue siendo un frente abierto. Desde la aparición de ChatGPT, los delincuentes han probado generar malware, diseñar campañas de phishing o producir textos manipulados. Luego llegaron los deepfakes, tanto de voz como de imagen, usados para fraudes, propaganda o desinformación.
En tres años, ChatGPT ha pasado de curiosidad a actor central del ecosistema digital. Su avance es rápido y también lo son sus desafíos. El futuro traerá mejoras, pero también exigirá más responsabilidad en el uso de una herramienta que ya forma parte de la vida diaria de millones.
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