Las caras del nacionalismo en Rep. Dom.
La juventud de hoy no tiene el verdadero espíritu revolucionario, combativo y nacionalista
Al presidente Luis Abinader no le atormentan las protestas que realizan nacionalistas que se oponen a la terminación de una mezquita que se levanta en Bávaro, Punta Cana.
Tampoco le preocupa la actitud intransigente del alcalde de la provincia de Dajabón, Santiago Riverón, contra nacionales haitianos que ingresan ilegalmente al país por las zonas fronterizas, muchos de los cuales viven en esa condición en esa demarcación.
Abinader está al tanto del nacionalismo radical de Riverón quien actúa en franco desafío a las posiciones flexibles del gobierno ante la problemática haitiana.
Para Riverón, Abinader tiene un discurso nacionalista que muere con la permisividad y complicidad que llevan a cabo las instituciones armadas dominicanas, fiscales, Ministerio de la Policía y Procuraduría General de la República frente a la migración irregular haitiana.
Las grandes manifestaciones anti-haitianas que lideró con mucha bulla y promoción mediática La Antigua Orden, de Ángelo Vásquez, junto al Colectivo dominicano en varias regiones del país, especialmente en Bávaro, Punta Cana, tampoco alteraron el estilo de gobernanza del presidente dominicano.
Aunque fueron organizadas con matices antigubernamentales, no inquietaron a ningún organismo de seguridad del Estado, ya que el presidente Abinader entiende que son derechos amparados por la Constitución.
Y como los dirigentes de esos grupos nacionalistas se comprometieron a que sus marchas se realizarían de forma pacífica, no había necesidad del gobierno reprimirlas.
Las marchas nacionalistas y por reivindicaciones sociales que pacíficamente realizaban los partidos de tendencias democráticas e izquierdistas desde la caída de la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo el 30 de mayo 1961, eran reprimidas con mano dura, sin importar que fueran pacíficas.
La juventud de hoy no tiene el verdadero espíritu revolucionario, combativo y nacionalista que impregnaron con orgullo en la conciencia del dominicano el profesor Juan Bosch y el doctor José Francisco Peña Gómez, cuando dirigían el Partido Revolucionario Dominicano (PRD) entre 1960 y 1980.
Fueron los años de oro en la concientización política del pueblo dominicano especialmente contra la continuidad del régimen tresillista-balaguerista (1961-1962), la injerencia militar de los Estados Unidos en la política interna del país (segunda invasión de marines en 1965), el Triunvirato y los periodos de gobierno de Joaquín Balaguer (1966-1978).
Ante la presión internacional en favor de la emigración ilegal haitiana, Balaguer levantó la bandera del patriotismo como símbolo de su gobierno.
Rechazó las presiones de los EE.UU., y organismos internacionales como American Watch, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) y la Organización de las Naciones Unidas (ONU) que solo ponían oídos a los reclamos del presidente haitiano Jean Bertrand Aristide y su Partido Lavalás (Avalancha Humana, en Creole) frente a supuestos maltratos de haitianos en los bateyes azucareros.
La respuesta de Balaguer ante esas presiones internacionales fue el Decreto 231-91 que ordenaba la repatriación de haitianos menores de 16 años y mayores de 60. En medio de esta crisis, Aristide fue derrocado el 30 de septiembre de 1991.
Para sorpresa de muchos, fue Balaguer que en 1992 se atrevió a denunciar la trama que existía entre organismos internacionales de fusionar políticamente a Haití y República Dominicana, aunque sin prueba alguna.
En otro giro político electoral, en 1996, Balaguer se unió a su archienemigo profesor Juan Bosch, líder del Partido de la Liberación Dominicana (PLD) para formar un Frente Patriótico para derrotar al candidato perredeista José Fco Peña Gómez, a quien se endilgaba ser de procedencia haitiana.
En esta nueva etapa de la vida política dominicana, el presidente Abinader recibió en su despacho al secretario de Guerra de los Estados Unidos, Pete Hegseth, no para endurecer la política migratoria que afecta a la República Dominicana, sino para cerrar aún más el cerco al gobierno de Nicolás Maduro, de Venezuela, acusado de ser uno de los gobiernos exportadores de drogas hacia la gran nación del norte.
Es decir, el presidente Abinader, con el sí de los expresidentes opositores Leonel Fernández y Danilo Medina, se une abiertamente a las pretensiones de los EE.UU. de eliminar el tráfico de drogas en el Caribe desde territorio de República Dominicana.
Es muy extraño que, para esa misión, el presidente Luis Abinader facilite, si o si, al gobierno estadounidense utilizar la base aérea militar de San Isidro y una parte del Aeropuerto Internacional de Las Américas para las operaciones logísticas militares contra el tráfico de estupefacientes procedentes de Venezuela.
¿Y qué de las intenciones de Washington de derrocar al gobierno venezolano por su vínculo con el Cartel de los Soles? ¿No va en el paquete?
La historia ha dejado claro que, desde 1961, el tráfico de drogas, armas, personas y mercancías entre la frontera dominico-haitiana se ha ido intensificando.
¿Significa entonces que la frontera dominico-haitiana por donde existe también un alto tráfico de drogas y armas ilegales, el gobierno estadounidense va a intervenir muy pronto este territorio limítrofe entre ambas naciones a disgusto de los militares y policías dominicanos que la súper vigilan “exitosamente” día y noche?
La retórica en las redes sociales es que el presidente dominicano le entregó la soberanía del país a Washington justo cuando una buena parte de la juventud dominicana y nacionalistas están entretenidos en lo que está pasando en la Casa de Alofoke y no en los graves problemas del país.
Algo huele mal en dominicana y no es precisamente a estiércol.
Rafael Gómez
Periodista dominicano, reside en Nueva York, Estados Unidos. Contacto supergomez1@yahoo.com
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