Fogaraté: Compartí con ladrones
Tiempo atrás, a un ladrón le decían así: ladrón, y la gente buena les sacaba el cuerpo. Tanto, que si venía uno de frente, le dejaban para él solo la acera. Los ladrones vivían solos y morían sin gloria y sin pena. Entonces era cosa imposible compartir con el ladrón, pues lo más sagrado era preservar el buen nombre. La diferencia es que entonces los ladrones se contaban con los dedos de una mano (y sobraban dedos), pero hoy abundan tanto que ayer tuve que compartir la mesa en un evento con dos ladrones, ex funcionarios a los que casi todos saludaban como “don”, “señor” y “usted”. Y ellos, fragantes, simplemente sonreían.
Ramón Colombo
Soy periodista con licenciatura, maestría y doctorado en unos 17 periódicos de México y Santo Domingo, buen sonero e hijo adoptivo de Toña la Negra. He sido delivery de panadería y farmacia, panadero, vendedor de friquitaquis en el Quisqueya, peón de Obras Públicas, torturador especializado en recitar a Buesa, fabricante clandestino de crema envejeciente y vendedor de libros que nadie compró. Amo a las mujeres de Goya y Cezanne. Cuento granitos de arena sin acelerarme con los espejismos y guardo las vías de un ferrocarril imaginario que siempre está por partir. Soy un soñador incurable.
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