Cuando muere un artista…
En verdad, con la muerte de un gran artista, como Ramón Oviedo, todos morimos un poco. Porque muere un inventor de vida. Porque muere un hacedor de luz. Porque muere un artífice de cantos en colores. Porque muere un creador de mundos. Porque muere un inventor de soles, lunas y amaneceres. Porque muere un oficiante de sueños. Porque muere un testimoniante de nuestras eras y pasiones. Porque muere un maestro de generaciones. Porque muere un héroe de nuestra identidad. Y por todo eso uno se siente triste porque parte hacia el silencio un ser radicalmente humano, aunque con su obra alcance la inmortalidad.
Ramón Colombo
Soy periodista con licenciatura, maestría y doctorado en unos 17 periódicos de México y Santo Domingo, buen sonero e hijo adoptivo de Toña la Negra. He sido delivery de panadería y farmacia, panadero, vendedor de friquitaquis en el Quisqueya, peón de Obras Públicas, torturador especializado en recitar a Buesa, fabricante clandestino de crema envejeciente y vendedor de libros que nadie compró. Amo a las mujeres de Goya y Cezanne. Cuento granitos de arena sin acelerarme con los espejismos y guardo las vías de un ferrocarril imaginario que siempre está por partir. Soy un soñador incurable.
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