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Los indocumentados y los que juzgan

| | 4 min read

<b>&nbsp;El tema inmigratorio y la situación de los indocumentados en República Dominicana han sido sometidos a la crítica más arbitraria de los últimos tiempos. Me refiero sobre todo a los críticos en el extranjero. Considero temas de suma importancia los del status inmigratorio y las cuestiones de ciudadanía que afectan a haitianos y otros residentes en la República, pero no dejo de preocuparme por la situación de un número muchísimo mayor de personas sin documentación en EE.UU.&nbsp;</b>

Debe extrañar el que muchos que escriben acerca de la no intervención, la autodeterminación y doctrinas similares, y que rechazan a los que quieren determinar desde el extranjero asuntos internos de otras naciones, dediquen tanta atención al caso domínico-haitiano. Algunas opiniones reflejan un desconocimiento escandaloso de la historia del diferendo domínico-haitiano.&nbsp;

&nbsp;Muchos que en Norteamérica evitan referirse a los millones de indocumentados en esta nación o se oponen a resolver el problema en forma satisfactoria para ese tipo de inmigrantes, se unen al desfile de críticas que deterioran la imagen de un pueblo como el dominicano que ha sido generoso con sus vecinos de Haití a pesar de capítulos de la historia que en otras geografías serían utilizados para impedir la existencia de buenas relaciones entre países y pueblos.

&nbsp; El problema de los indocumentados es un asunto de humanidad y de realismo. Hay problemas de derechos humanos en República Dominicana, como los hay en países vecinos y en los propios EE.UU. Todo indica que en Quisqueya se están dando pasos para resolver algo que procede de una decisión judicial más que de una política gubernamental. Pero es bueno mencionar algunos datos de un entorno más allá del territorio insular.

&nbsp; En Estados Unidos un enorme sector, sobre todo en el Partido Republicano de oposición, se ofende cada vez que se habla de resolver la cuestión de los indocumentados con lo que consideran “amnistía” y denuestan a los que entienden que se les debe abrir un camino que conduzca a los derechos que otorga la condición de ciudadanos.

&nbsp;El problema no es, pues, exclusivo de la República Dominicana. En el país donde nací, Cuba, se expulsaron decenas de miles de haitianos y jamaicanos como resultado de la política nacionalista de los socialdemócratas cubanos que luego formaron el Partido Revolucionario Cubano (Auténtico) en los años treinta del pasado siglo veinte. Durante ese “gobierno revolucionario de los cien días” (1933-1934), al cual debe reconocérsele una magnífica legislación de derechos laborales, se dictó la “Ley del Cincuenta por ciento”, que dificultaba emplear a extranjeros. Medidas como esa no se limitaron a “auténticos” y socialdemócratas, pues gobiernos liberales y conservadores realizaron expulsiones masivas. Y estas no se limitaron a Cuba y Santo Domingo. Medidas mucho más radicales fueron adoptadas en grandes países como México.

&nbsp; Las cuestiones de inmigración son hasta más complicadas que eso. En la actualidad, los cubanos residentes fuera de su país necesitan documentos de viaje y permisos especiales para entrar en su suelo natal y muchos están condenados a un exilio permanente por razones que deben ser tan relativas como la militancia política después de más de medio siglo de la más larga e importante dinastía en la historia americana.

&nbsp; Cuba y República Dominicana han sido históricamente países pobres y lo siguen siendo a pesar de revoluciones, experimentos democráticos, socialismo, capitalismo, catolicismo, protestantismo, espiritismo, sincretismo, agnosticismo y todo lo demás. Países como estas Antillas hermanas no pueden darse el lujo de albergar a millones de extranjeros sin enfrentarse a enormes&nbsp; limitaciones de todo tipo.

&nbsp; Todo país tiene derecho a sus fronteras, pero sigue siendo arbitrario el criticar irrestrictamente a un solo país cuando ni siquiera se logra acuerdo congresional para resolver una crisis inmigratoria en la primera potencia mundial y se cierra el camino a la ciudadanía por consideraciones “ideológicas” de todo un sector político que pretende vivir en el siglo diecinueve o a principios del veinte.

&nbsp; Pedir una solución inmediata a un pequeño país y negarse a conceder un trato similar en el patio no merece demasiado respeto. Aún los que suplicamos por una solución digna para los jóvenes nacidos en Quisqueya de padres y abuelos haitianos, seres humanos tan respetables como los otros, estamos obligados a mirar a nuestro propio entorno antes de utilizar a la prensa y hasta a la jerarquía eclesiástica como instrumentos para juzgar a un pueblo noble y generoso como lo ha sido siempre el pueblo dominicano. El asunto es demasiado complejo, sólo he mencionado algunos detalles, pero es hora de detener la avalancha de ataques y de críticas fuera de contexto. Recordad las palabras bíblicas: “No juzguéis para que no seáis juzgados”.&nbsp; (FIN)

Dr. Marcos Antonio Ramos

Académico de Número de la

Academia Norteamericana

Académico Correspondiente de la Real Academia Española

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