Skip to content
DiarioDigitalRD

La despedida del destituido director de El Mundo

| | 10 min read

Esta es
mi última Carta como director de EL MUNDO. Y este número 8.808, el último en el
que mi nombre aparecerá encabezando la mancheta. Así ha sido desde que hace 25
años fundé este periódico junto a mis compañeros. Y si a estos 8.808 días les
sumamos los 3.151 de 'Diario 16′, son 11.959 días dirigiendo periódicos.
Multiplíquese la cifra por una conservadora tirada media de 250.000 ejemplares
y el resultante son nada menos que 2.989.750.000 copias a lo largo de 34 años.
Casi 3.000 millones de periódicos distribuidos con mi firma durante más de la
mitad de mi vida. Si contamos, también por lo bajo, 4,5 lectores por ejemplar,
estamos hablando de al menos 13.500 millones de lectores. Unas cifras como para
marear y baldar a cualquiera. No a mí.

Voy serenamente camino del vientre de la ballena pero, a
diferencia de Jonás, yo no me he ofrecido como víctima propiciatoria. Han sido
los propietarios del periódico quienes, en uso de sus legítimas atribuciones,
han decidido poner fin a esta etapa. No estaba, no estoy cansado. Si de mí
dependiera habría seguido siendo director de EL MUNDO no ya este año, no ya los
tres años más que me quedaban de contrato, sino toda la vida. Así se lo dije,
mirándoles a los ojos, a quienes tomaron la decisión. Y si hoy me volvieran a
ofrecer el puesto, lo aceptaría de nuevo sin parpadear.

No niego que en muchas ocasiones -y especialmente durante estos
durísimos años de crisis económica y putrefacción política- he tenido la
sensación de estar atrapado por el deber de actuar en contra de mi propia
conveniencia. Pero si eso era una cárcel de agobios y tensiones, yo quería
cadena perpetua. No por ambición ni afán de poder -de sobra ha quedado
demostrado que son los domadores de tigres de papel quienes prevalecen en
España- sino porque, como explicaba Arthur Miller, «un periódico es una nación
hablándose a sí misma» y ni uno solo de esos casi 12.000 días he dejado de
sentir la preocupación por mi país, la adrenalina de los titulares y el cierre,
el hormigueo de la información exclusiva, la pasión cívica por transmitir a los
lectores cuanto se les oculta y les concierne. Lo he dicho siempre: el
periodismo es una forma de vida que adquiere valor en sí misma. La forma de
vida más digna y emocionante a la que cabe dedicar el tiempo de cada uno sobre
esta tierra.

En tiempos y circunstancias distintas me han destituido dos
veces como director. Hace 25 años bajo un Gobierno del PSOE, ahora bajo un
Gobierno del PP. Al final, la ballena es la ballena. Ya lo dijo John Adams:
«Las fauces del poder están siempre abiertas para devorar y su brazo siempre
extendido para destruir, si puede, la libertad de pensamiento y de palabra
hablada y escrita…». Ahora ya saben a qué me refería el domingo pasado cuando
hablaba del espejo arrojado contra el suelo mientras se derrite el «rey de
nieve» y suena la canción de Alaska y Dinarama: «¡Vete de aquí, no me supiste
entender! (…) Ni tú, ni nadie, nadie puede cambiarme».

Prefiero que sean otros los que interpreten la secuencia de los
acontecimientos desde que volví a ser reportero por un día y reflejé las
revelaciones de Bárcenas sobre la financiación ilegal del PP y los sobresueldos
de sus jefes; desde que publicamos los SMS de Rajoy instando a «resistir» al ex
tesorero aun después de que se descubriera su fortuna en Suiza; desde que el
presidente acusó en el Parlamento a EL MUNDO de «manipular y tergiversar las
denuncias de un delincuente para generar una calumnia»; desde que pocos días
después demostramos que quien había «manipulado y tergiversado» había sido él, reproduciendo
la suculenta nómina de Bárcenas cuando «ya no estaba en el partido»; desde que
descubrimos que la Fiscalía investigaba las percepciones del marido de María
Dolores de Cospedal en el banco resultante de la fusión con Caja Castilla-La
Mancha; desde que ella declarara poco después en sede judicial, sin venir a
cuento, que «no leía» EL MUNDO y desde que el Gobierno y la cúpula del PP en
pleno boicotearan con ostentación e infamia un acto del significado de la
entrega de los Premios Internacionales de Periodismo -con Vargas Llosa entre
los receptores-, instituidos en memoria de tres compañeros que dieron la vida
por la libertad de prensa. El poder había convertido a EL MUNDO en un apestado
y las grandes empresas del Ibex -salvo honrosas excepciones- actuaron en
consecuencia.

Nunca sabremos si yo continuaría siendo el director de EL MUNDO
de no haber sucedido todo esto y de no haberse entreverado tales episodios con
los de Botsuana, Corinna, Urdangarin y la Infanta. Debo admitir que lo anómalo
no es que el propietario de un periódico decida cambiar al director, sino que
haya mantenido durante 25 años al mismo. De ahí que mi gratitud hacia los
sucesivos dirigentes del grupo RCS -desde el legendario Cesare Romiti hasta el
actual consejero delegado Pietro Scott Jovane pasando por el gran Vittorio
Colao- por la confianza depositada tan larga y reiteradamente supere con creces
el disgusto actual.

Todo administrador debe velar por los intereses de sus
accionistas y es innegable que las relaciones con el Gobierno y las demás
instituciones del Estado forman parte del marco en el que desarrolla su
actividad una empresa periodística e inciden en la marcha del negocio. En un
momento tan difícil para el sector como éste, el Ejecutivo de Rajoy podía haber
tomado medidas que paliaran el impacto del desmoronamiento de una inversión
publicitaria que -se dice pronto- ha caído en los periódicos desde los más de
2.000 millones de 2007 a los apenas 700 de 2013.

No estoy hablando de ayudas directas sino de planes de
reconversión tecnológica, formación de periodistas, digitalización o fomento de
la lectura, análogos a los de otras democracias. En lugar de ello se nos ha
obligado a pagar el error administrativo del anterior Gobierno en la
adjudicación de las licencias de la televisión y se mantiene el IVA del 21%
para los diarios digitales frente al 2,5% de Francia. Está claro que Rajoy
apuesta por el mito de «un Gobierno sin periódicos» -en realidad sueña con un
Gobierno sin país- y ha optado por convertir la crítica y la denuncia en una
mercancía cada vez más onerosa para los editores. No es extraño que en Unidad
Editorial la cuerda se haya roto por mi cintura.

Hay tres cosas que, como les dije el jueves a mis compañeros,
siento como punzadas en el hígad dejar de ser director mientras Javier
Espinosa -símbolo de todo lo mejor de este periódico- continúa secuestrado, no
poder encabezar el desfile del próximo 23 de octubre cuando EL MUNDO cumpla su
primer cuarto de siglo y no haber tenido tiempo para recoger los frutos del
salto adelante que ha supuesto el cambio de piel de nuestro diario. Orbyt
cuenta hoy con más de 127.000 suscriptores, 91.000 de los cuales corresponden a
EL MUNDO. Tenemos, pues, más abonados digitales que todos los demás diarios
españoles juntos y los orbyteros son la sal de la tierra.

Además, nuestra edición electrónica mantiene el liderazgo en
internet, nuestras aplicaciones para móviles y tabletas crecen exponencialmente
y lo mismo sucede con nuestras descargas de vídeo. En el canal tradicional, EL
MUNDO es uno de los dos únicos diarios nacionales con más de un millón de
lectores acreditados por el EGM -aventaja en 500.000 al tercero- y mantiene con
claridad el segundo puesto en difusión pese a que la fuerte contracción del
mercado distorsiona la perspectiva.

Cada uno podrá interpretar como quiera las miserias del
presente, pero coincido con el diagnóstico que Miguel Ormaetxea hacía esta
semana en su influyente blog Media.tics: no hay mejor garantía de supervivencia
para una empresa periodística que conseguir que en el plazo de tres años el 50%
de sus ingresos sean digitales. Ahí están los desafíos, ahí están las
oportunidades e, inevitablemente, los riesgos. Recordad a Tácito.

Por encima de todas las cifras me siento fieramente orgulloso -y
este es un patrimonio que nadie podrá arrebatarme- de haber sido durante estos
25 años fiel a los principios fundacionales de EL MUNDO, plasmados en esta
misma página el 23 de octubre de 1989. Prometí que «EL MUNDO no servirá jamás a
otro interés que el del público» y así ha sido. Prometí que «EL MUNDO no
utilizará jamás la información como elemento de trueque u objeto de compraventa
en el turbio mercado de los favores políticos y económicos» y nunca lo hemos
hecho. Prometí que «toda noticia de cuya veracidad y relevancia estemos
convencidos será publicada, le incomode a quien le incomode» y reto a que
alguien aporte un solo ejemplo de que no haya sido así. Prometí que «toda
investigación periodística será culminada, le pese a quien le pese» y en la
medida de nuestras posibilidades -con éxitos históricos como los GAL, Filesa o
las actas de ETA y asignaturas pendientes de la dimensión del 11-M-, nunca ha
dejado de ocurrir. Prometí que «en este periódico no habrá tabúes, ni cotos
vedados, ni zonas de sombra, ni sanctasanctórums» y no los ha habido.

Advertí por últim «Si alguien pretende hacernos pasar por el
aro, como a tantos otros, que abandone desde hoy toda esperanza». ¿No es un
milagro que dentro de la más bien lúgubre historia de la libertad en España
hayamos podido mantener desafiante y enhiesto este estandarte durante todo un
cuarto de siglo?

Mi último acto antes de dimitir como miembro del Consejo de
Administración de Unidad Editorial ha sido apoyar con entusiasmo el
nombramiento de Casimiro García-Abadillo como nuevo director de EL MUNDO. No
tengo ninguna duda ni de su excepcional talento profesional, ni de su integridad
personal, ni de su compromiso con todos estos valores. Bajo su batuta y con la
misma orquesta -siempre he dicho que el director representa y coordina al
elenco pero quienes tocan son los músicos- la continuidad de nuestro proyecto
está asegurada. Casimiro tiene muchas de mis virtudes y pocos de mis defectos.
Aunará la firmeza con la templanza y eso creará espacios de distensión sin que
el periódico renuncie a ninguna de sus señas de identidad. El hecho de que el
presidente ejecutivo de la compañía continúe siendo Antonio Fernández-Galiano
-imbuido como pocos editores de la percepción del periódico como proyecto
intelectual y ágora de debate- garantiza además que el nuevo director va a
seguir teniendo la misma protección y cobertura con la que siempre he contado
yo.

Por todo ello he preferido continuar ligado a Unidad Editorial y
agradezco a sus directivos y accionistas que me permitan hacerlo en términos
razonables.

Mientras EL MUNDO siga siendo EL MUNDO me sentiría incapaz
-máxime tras lo sucedido el jueves- de hacer la competencia en ningún terreno a
quienes siempre consideraré mis compañeros. Si las circunstancias cambian me
tendrán, claro está, a su disposición.

Mientras sigue incubándose la crisis tremenda que de un modo u
otro conmoverá todos los pilares de la España que conocemos, a mí me toca ahora
dar un paso atrás. El 2 de marzo reanudaré mis cartas dominicales, auxiliado
por el genio de Ricardo Martínez, bajo un nuevo epígrafe y en una ubicación
distinta. Prepararé además la publicación de mi próximo libro -cuando me lo
autorice la editorial revelaré su contenido-, me ocuparé de la revista 'La
Aventura de la Historia' y dedicaré algo más de tiempo a mis amigos tuiteros.

Esta segunda vez el 'One Brief Shining Moment' de Camelot ha
sido bastante menos breve y ha brillado mucho más que la primera. Hasta
nuestros más enconados enemigos reconocen que la España de este último cuarto
de siglo habría sido distinta, y probablemente peor, sin un diario como EL
MUNDO. No sabemos lo que nos deparará el futuro, pero es la hora de pedir
perdón a quienes dentro y fuera de la redacción se hayan sentido injustamente
tratados por mis decisiones, la hora de dar las gracias de corazón a todos esos
españoles que han abierto casi catorce mil millones de veces un periódico con
mi firma, la hora de aprender las reglas de urbanidad del manual del buen ex
director, la hora de colgar en el vientre de la ballena el lema de Juvenal
-’Vitam impendere vero'- que me acompañará allí donde yo vaya.

pedroj.ramirez@elmundo.es

Share:

Artículos relacionados